(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 7:21–38, Mateo 27:11–14)

LA JERUSALÉN CELESTIAL ES LA IGLESIA SALVA POR LA SOLA FE

Ustedes, en cambio, se han acercado al Monte Sion y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos

—Hebreos 12:22–23, Nueva Biblia de los Hispanos (NBLH)

La radiación aquí, en la tierra, es muy peligrosa para los seres humanos. Por esto quienes necesitan estar cerca de ella se protegen con trajes espaciales. La radiación del sol es muchísimo más peligrosa. Estar frente a Dios, quien creó soles mucho más grandes que el nuestro, no es algo sin importancia. La santidad de Dios es como una radiación. Un resplandor tal que daña a la maldad como la luz disipa las tinieblas (Isaías 2:10; 33:14; 2 Tesalonicenses 2:8)

Cristo mismo es el traje protector frente a la santidad divina. Ningún ser humano puede permanecer delante de Dios sino está vestido con la justicia de Cristo. Ni nuestra propia santidad, ni nuestras obras santas son suficientes (Zacarías 3:2-5; Isaías 64:6; Daniel 9:18; Mateo 22:11-13; Apocalipsis 7:13,14 19:8). Así lo percibieron los que tuvieron una experiencia con una manifestación de la santidad de Dios. Moisés lo expresó con estas palabras: «Estoy temblando de miedo.» (Hebreos 12:21) Pero Dios, en Cristo, no es aterrador. Al contrario, su presencia resulta inefable, llena de amor y vida. Por eso los ángeles y los creyentes en el cielo están gozosos. Hay una abismal diferencia entre acercarse a Dios por los méritos de Cristo y acercarse confiados en nuestros propios méritos.

Algunos seguidores de Cristo que fueron seducidos por maestros judaizantes estaban pensando retomar el judaísmo. La carta a los Hebreos fue escrita para ellos. En el texto de hoy, el escritor les recuerda cuales serían las fatales consecuencias de desviarse de Cristo: Todo lo que la ley ofrece es la aterradora revelación de las exigencias de la justicia de Dios y el espantoso temor de su justo castigo por el pecado. Querer que Dios nos salve por haber cumplido su ley es despreciar lo que Cristo hizo por nosotros. Es exponernos a perderlo todo. El judaísmo no es la Jerusalén celestial, ni el Israel de Dios. Los creyentes son bendecidos con ser parte de la verdadera iglesia mientras por la fe poseemos la justicia de Cristo (1 Juan 1:1-3). Esa justicia que se nos da gracias a que él obedeció perfectamente la ley moral y a que fue a la cruz como nuestro sustituto. Los creyentes vamos a querer obedecer la ley moral y mantenernos en la comunión apostólica, no para ganar la salvación, sino en gratitud a él.

Oración:

Señor, por los méritos de tu Hijo Jesucristo, soy parte de tu pueblo elegido. En gratitud quiero confiar sólo en sus méritos para estar a cuentas contigo y te suplico que por tus medios de gracia me afirmes en la verdadera fe para la vida eterna. Amén.

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