(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 8:11–9:1)

¡JEHOVÁ TE REPRENDA, SATÁN!

Luego me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, mientras el Satán estaba a su mano derecha para acusarlo. Entonces dijo Jehová al Satán: ¡Jehová te reprenda, Satán! ¡Jehová, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda!

—Zacarías 3:1-2, Reina Valera 1995

¿Le han acusado alguna vez falsamente? Realmente no es agradable ser acusado de algo que no hicimos, especialmente cuando no podemos demostrar que nos calumnian. En el pasaje que hoy meditamos encontramos que el sumo sacerdote Josué es acusado. No es cosa de poca monta el escuchar acusaciones contra quien tiene la responsabilidad de ser un guía del alma. El golpe emocional es mayor, pues esperamos cosas mejores de parte de ellos. Mayor es el golpe para el líder mismo si él es sincero y consciente de la importancia de su labor. Para el sumo sacerdote Josué las acusaciones que pesaban contra él han debido angustiarlo mucho pues él era consciente que cuán culpable era.

El acusador no era otro que el mismo Satanás. La palabra hebrea Satán básicamente significa «alguien que se opone, opositor, resistidor, adversario» pero tiene las mismas letras que el verbo acusar, por lo que también significa «acusador» e incluso «calumniador» y por eso «Satán» se ha traducido «diablo» al idioma griego. Satanás es diablo, es decir, acusador, calumniador. Satán estaba cerca de Josué para acusarlo. Eso es mala noticia. El diablo también acusa a los cristianos y exige condena inmediata (Apocalipsis 12:10). Pero también, nos acusan nuestra conciencia y la misma ley de Dios que hemos quebrantado y nos dicen que merecemos toda la ira de Dios (1 Juan 3:20; Romanos 2:14-16). En el versículo dos, Satanás es reprendido porque su acusación no es correcta. Tanto la ley como nuestra conciencia nos acusan para conducirnos al arrepentimiento. Pero Satán lo hace porque busca nuestro mal e ignora, deliberadamente, que Cristo es nuestro sustituto. Cuando se le da a Josué una vestidura limpia, la profecía da testimonio que la justicia de Josué no es la alcanzada por sus propios méritos, sino que es una justicia ajena, la de los méritos de Cristo (Filipenses 3:8-9). Jesucristo ganó nuestro perdón al vivir una vida de perfecta obediencia a la ley moral de Dios en lugar de nosotros y al sufrir, en la cruz, toda la ira de Dios como sustituto nuestro. En gratitud vamos a querer vivir, todo el tiempo que nos resta aquí en la tierra, consagrados a servirle y en arrepentimiento continuo.

Oración:

Señor, tú eres santo y justo, yo solo soy un pecador tan merecedor de toda tu ira que padecerla toda la eternidad en el infierno no es suficiente para pagar mi deuda. Sin embargo me perdonaste. Lo hiciste no por algo bueno que haya en mí. Sino porque Jesucristo te obedeció perfectamente en lugar de mí y pagó con su muerte en la cruz el castigo que merezco. Gracias por salvarme gratis. Amén.  

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