Porque un niño nos ha nacido, ¡un hijo nos ha sido concedido! Sobre sus hombros llevará el principado… La extensión de su imperio y la paz en él no tendrán límite. Reinará sobre el trono de David y sobre su reino, y lo afirmará y confirmará en la justicia y el derecho, desde ahora y para siempre” (Isaías 9:6,7).

¿QUÉ NIÑO ES ESTE? —ES NUESTRO REY

¿Cómo se sentiría usted si un niño fuera elegido jefe de nuestro gobierno? Estaría muy preocupado, porque un niño no tiene la madurez ni la capacidad para gobernar eficazmente. Al principio de este libro, Isaías indicó que el Señor juzgaría a su pueblo haciendo que “unos jovencitos [fueran] sus líderes; unos chiquillos [fueran] sus gobernantes” (Isaías 3:4).

No obstante, en nuestro texto, Isaías predijo que Dios bendeciría a su pueblo enviando a un niño que reinara sobre ellos. Toda la responsabilidad del buen gobierno estaría sobre sus hombros. Reinaría con justicia sobre su pueblo. Su reino sería eterno. Está claro que este niño soberano no es una persona común. Es el Dios hombre, que se hizo niño por nosotros.

Cristo nació para ser nuestro Rey. Sin embargo, al ver su vida terrenal, su naturaleza majestuosa no es inmediatamente aparente. No nació en el regio esplendor, sino en un establo en Belén. No creció en Jerusalén, la ciudad del rey David, sino en la desdeñada aldea de Nazaret. Durante su vida no vivió en palacios. Más bien, dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). La única corona que llevó fue la corona tejida de espinas que traspasó su carne. Durante su vida no llevó el color púrpura de los reyes. Solo antes de su muerte llevó la túnica púrpura, que el soldado le puso para burlarse de él.

No obstante, Cristo es nuestro Rey. Estableció su reino mediante la cruz. Al dar su vida como sacrificio por los pecadores, Cristo rompió el poder de Satanás sobre nosotros. Mediante las buenas noticias de nuestra salvación, establece su reino en nuestro corazón.

El niño de Belén es en verdad nuestro Rey. Ahora es exaltado y reina sobre este mundo en beneficio de su iglesia. Vendrá otra vez a juzgar al mundo. Que la celebración de su nacimiento nos anime a servirlo fielmente hasta que nos lleve a reinar con él en el cielo.

Oración:

¡Hosanna, hosanna, hosanna,

Hosanna al Hijo de David!

¡Hosanna a nuestro rey!

¡Al Salvador y buen pastor

Que rescató su grey!

Del seno de su Padre Dios,

Del trono celestial. Amén. (CC 404)