YO SERÉ SU DIOS, Y ELLOS SERÁN MI PUEBLO

«Éste es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel —afirma el Señor—: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrá nadie que enseñar a su prójimo, ni dirá nadie a su hermano: “¡Conoce al Señor!”, porque todos, desde el más pequeño hasta el más grande, me conocerán —afirma el Señor—. Yo les perdonaré su iniquidad, y nunca más me acordaré de sus pecados.»

—Jeremías 31:33-34

Al tercer mes después de la salida de Egipto, Dios pactó con la nación de Israel que ellos serían sus sacerdotes y él sería su Dios. Todo el pueblo dijo estar de acuerdo con el pacto (Éxodo 19:1-8) Cuando Dios empezó a dar su ley con voz audible, el pueblo se llenó de terror y pidieron que solo sea Moisés quien escuche a Dios en privado y luego les informe lo que Dios había dicho. Pero mientras Dios y Moisés estaban reunidos en privado el pueblo se hizo un ídolo de oro y transgredió el primer mandamiento rompiendo así el pacto. Más tarde y en muchas ocasiones Israel rompía el pacto continuamente hasta que finalmente Dios envío a Jeremías para anunciarles que ellos serían deportados a Babilonia pues el pacto había quedado invalidado a causa de las continuas trasgresiones. Sin embargo Dios no dejó sin esperanza a la gente de Israel. Les prometió que haría un nuevo pacto.

Jesucristo vino para hacer el nuevo pacto. Pero los líderes de Israel lo rechazaron y no quisieron el nuevo pacto (Hechos 7:38-52). Sin embargo Jesús celebró el nuevo pacto con el remanente de Israel (sus discípulos) y así Dios cumplió su promesa. El Señor quiso incluir en este nuevo pacto a todas las naciones. La manera de entrar en el nuevo pacto ya no es la circuncisión física sino la espiritual que se realiza en el bautismo (Colosenses 2:11-15). Por esto Cristo mandó a su iglesia que vaya por todo el mundo y haga discípulos bautizándolos. Mediante el bautismo, Dios hace con cada uno de nosotros el nuevo pacto, y nos marca como suyos dándonos su Espíritu, el perdón de los pecados y la fe para creerlo.

En la Santa Cena, Dios nos acerca a él, dándonos con el pan: su cuerpo entregado en la cruz; y con el vino: su sangre derramada en la cruz. Con estos sagrados regalos nos da el perdón de los pecados. Con ellos nos quita toda duda que se pueda albergar en el corazón. Puesto que todos comemos de un solo pan y nos unimos a él mediante la fe, así también los creyentes que formamos su iglesia, estamos unidos unos a otros en el cuerpo de Cristo, la iglesia. Esta es la visión que tuvo Jeremías.

Oración:

Padre nuestro, te doy gracias que en el bautismo me hiciste tu hijo, un miembro de tu familia y beneficiario de las promesas del nuevo pacto. Amén.

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