(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 27, Lucas 3:30–38)

LAS PIEDRAS DEL REGOCIJO

Cuando hayas cruzado el Jordán, colocarás […] un altar de piedra en honor al Señor tu Dios, […] con piedras enteras, […] ofrecerás allí sacrificios de comunión, y los comerás y te regocijarás en la presencia del Señor tu Dios. Sobre las piedras de ese altar escribirás claramente todas las palabras de esta ley.

—Deuteronomio 27:4–8

Hemos sido creados con la capacidad natural de regocijarnos. Al poco tiempo de nacido un bebe se regocija con tal solo saber que sus padres están junto a él. Nos regocijamos cuando nuestras expectativas se realizan. Encontrar un buen trabajo, la victoria de nuestro equipo de futbol favorito, salir sin mayores problemas de una operación causa regocijo que amerita celebración. Dios no se enoja por ello, al contrario, nos aconseja «Alégrense con los que están alegres» (Romanos 12:15). Pero el quiere que nuestro regocijo no sea ocasión para pecar sino para honrarle. El Señor quiere que todas nuestras celebraciones sean para adorarle.

El Creador apartó el séptimo día para el descanso. Pero mandó que sea tratado como un día santo dedicado principalmente al descanso del alma. Dispuso lo mismo para toda otra celebración. Aunque la Biblia mandó a Israel celebrar las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, el pueblo judío también optó por celebrar la fiesta de Purim por haber sido salvados del odio de Amán y celebrar su victoria contra la opresión cultural griega con la fiesta de Janucá (o dedicación). Jesucristo participó de estas fiestas no mandadas en la Biblia (Juan 10:22–23). David profetizó que las maravillosas obras de Dios serían celebradas por su pueblo (Salmos 145:4–7).

En gratitud por la salvación provista gracias a Jesucristo, los cristianos celebramos cada semana su resurrección. En navidad celebramos su encarnación, pocas semanas después su manifestación como el Salvador del mundo, judíos y no judíos (Epifanía). Celebramos la Pascua haciendo memoria de Él como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Las semanas previas a la pascua celebramos su santa y victoriosa vida contra las tentaciones de Satanás, que nos es atribuida gratuitamente (Romanos 5:18,19). Celebramos, en pentecostés, la venida del Espíritu Santo y la institución de la iglesia, el pueblo de Dios. Celebramos la Trinidad. Dios no nos exige estas celebraciones, pero las hacemos con gusto y gratitud al Señor porque su amor nos mueve hacerlo: «¡Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros! ¡Estamos alegres! (Salmo 126:3, RV95)

Oración:

Concédeme, Señor Jesucristo, el querer mantener mi mirada en ti y en tu obra redentora para mi salvación, de manera que en mí haya tal gratitud que me mueva a compartir el evangelio a los demás y a celebrar santamente tus hechos poderosos. Te suplico me afirmes en la verdadera fe, por tus medios de gracia, para perseverar siendo creyente. Amén.

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