“Jesús le respondió: ‘El que me ama, obedecerá mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y con él nos quedaremos a vivir” (Juan 14:23)

LA PRESENCIA DE JESÚS EN NUESTRO CORAZÓN ES UN CONSUELO

La Biblia nos dice que Dios está presente en todas partes. Dios dice: “¿Podrá alguien esconderse donde yo no pueda verlo? ¿Acaso no soy yo el Señor, que llena los cielos y la tierra?” (Jeremías 23:24). Conforme a este pasaje, Dios está presente tanto entre los incrédulos como lo está entre los cristianos.

Pero en el versículo de la Escritura de hoy, Jesús está hablando acerca de su presencia especial en su iglesia. Está hablando acerca de lo que nosotros llamamos la “unión mística”. Nos dice que él y el Padre realmente moran en el corazón de cada creyente.

La presencia del Salvador en los corazones de su pueblo es un honor indescriptible. Al mismo tiempo, es un consuelo maravilloso. Debido a que todavía vivimos en un mundo pecador, los cristianos debemos enfrentar toda clase de problemas y dificultades, pesares y pruebas. Pero en medio de todo ello, nunca estamos solos. Jesús, nuestro Salvador, mora en nuestro corazón. No permitirá que suframos ninguna tentación que sea más grande de lo que podamos soportar.

Y durante nuestra vida aquí, debido a que somos cristianos, estamos sujetos a enfrentar aún más que las dificultades usuales que son comunes para los humanos. Debemos soportar el desdén y el ridículo de parte de los incrédulos. En muchos países, nuestros hermanas y hermanos cristianos todavía viven bajo la amenaza de la persecución física. Sin embargo, tan terribles como puedan parecer las dificultades para la iglesia, tenemos la seguridad de que nunca estamos solos. Jesús mora en nuestro corazón. Ni un solo cabello puede caer de nuestra cabeza sin su permiso. Nada ni nadie puede separarnos de su amor.

Con Jesús a nuestro lado, podemos ver a través del pesar de esta vida el tiempo en que estaremos para siempre con Dios en el cielo. Allí, en presencia de Dios, nos llenaremos de alegría (Salmo 16:11). Allí “Dios enjugará las lágrimas de [nuestros ] ojos” (Apocalipsis 21:4). Pero, incluso aquí en la tierra, el cielo no está tan lejos de nosotros. Como Jesús mora en nuestro corazón por la fe, nos da una prueba del cielo. Nos recuerda su sufrimiento, por el cual quitó nuestros pecados y tranquilizó nuestra conciencia.

No podemos ver a Jesús en nuestro corazón. Y la confesión que hacemos de su presencia allí se presta a la burla y a la oposición. Pero las palabras de nuestro versículo bíblico están claras. Por la fe en Cristo, nuestro corazón se ha convertido en el castillo de Dios y estamos a salvo en su cuidado.

Oración:

Entra en este corazón, Santo Dios y Rey sublime; Haz en mi tu habitación, Todo mal en mí suprime: ¡Qué tesoro encuentro en Ti Cuando moras Tú en mí! (CC 5:2)

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