NI UN CENTAVO

¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! ¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero! Isaías 55:1

“Gratis esta semana, un frasco de mayonesa”, decía el anuncio de la tienda de comestibles en el periódico. En la parte inferior, en letra pequeña, el anuncio decía: “por una compra de $20”. Lo que parecía gratis, en realidad no lo era.

Cuando el Señor me invita, diciendo: “venga, compre vino y leche sin dinero y sin costo”, no le agrega letras pequeñas a su ofrecimiento; eso es en realidad lo que quiere decir. Y no está hablando de comestibles para mi cuerpo, se refiere a la leche de su gracia y al vino de su amor. Está ofreciendo el perdón de los pecados que necesita mi hambrienta alma. No tengo el dinero con el que pueda comprar el perdón de un Dios santo; no tengo ni un solo centavo en mi bolsillo con el que pueda entrar en su supermercado celestial. Si dependiera de mis propios esfuerzos, mi alma iría cojeando por la vida horriblemente hambrienta y terminaría completamente raquítica en el infierno.

¿Significa esto que, si no hay dinero, no hay perdón para mí? Eso no es lo que dice el Señor; cuando él dice “los que no tengan dinero”, se refiere a mí, no a él. Mi perdón le costó mucho a Dios; él no pagó con un cheque por una suma de seis o siete dígitos, sino con la preciosa sangre de Jesús, por el alimento que necesita mi alma. Ahora, él les ofrece perdón y paz gratuitamente a pecadores como yo. Las estanterías de su supermercado celestial nunca se agotan. Pero yo tengo que conocer la dirección de su almacén: su nombre es “Palabra de Dios”, el único supermercado en el que las almas hambrientas pueden hallar su alimento gratuito.

Oración:

Señor, te pido que me alimentes con el perdón gratuito que fue comprado por la sangre de Jesús y es ofrecido en tu Palabra. Amén.