SOLO PARA LA GLORIA DE DIOS

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe.

– Efesios 2:8,9 (RV1960)

¿Alguna vez sintió que nadie aprecia sus mejores esfuerzos? Yo, sí. Somos seres humanos y sentimos la necesidad de reconocimiento y retribución. Sentimos lo mismo respecto a la vida espiritual. Queremos que nuestras buenas obras cuenten y valgan de algo a la hora de estar bien con Dios. Por esto nos agrada escuchar que podemos hacer algo para alcanzar el favor de Dios. ¿Es necesario hacer una oración para recibir a Cristo y así ser salvos? Entonces, lo haremos. Mucha gente ha viajado peregrinando a pie a un santuario lejano, convencida que así es posible alcanzar el favor divino. No hay cosa tan difícil que el hombre no intente realizar para poder escuchar de Dios las palabras: «¡Muy bien, hijo!, entra en mi reino».

Pero Dios no acepta ninguno de nuestros méritos porque carecen de un elemento indispensable: la perfección. Dios es perfecto y solo acepta lo perfecto (Isaías 64:6; Mateo 5:48). Puesto que hemos heredado de Adán la imperfección (lo llamamos pecado original) que nos impulsa al pecado todo, lo bueno que hacemos está contaminado con nuestra maldad. No nos gusta escuchar que somos malos, y preferimos pensar que tenemos algunas fallas pero que en el fondo somos buenos. No queremos aceptar que Dios hace todo sin pedirnos nada. Preferimos pensar que Dios hace mucho, pero nos deja algo que hacer para completar su obra. Queremos parte del mérito y de la gloria.

Pero cuando somos confrontados con la palabra de Dios, su dura ley, que como si fuera un espejo nos muestra nuestra verdadera condición, entonces vemos que somos esclavos de nuestros deseos pecaminosos y que estamos bajo la ira de Dios condenados al castigo eterno. Solo cuando comprendemos nuestra miserable condición podemos apreciar la magnitud de la redención obrada por Cristo. Entonces somos conscientes de que nada podíamos hacer por nosotros mismos para contribuir a nuestra salvación.

Pablo nos dice que somos salvos por gracia (es decir, por un favor de Dios que no merecemos en modo alguno) por medio de la fe. Pablo señala que hasta esa fe que nos salva no es algo que producimos nosotros, sino que es un don de Dios. Finalmente nos reitera que no es por obras para que nadie se gloríe. Preguntémonos ¿Por qué Cristo debe dejarme entrar al cielo? Si la respuesta comienza con un «Porque yo…», entonces ese algo que hiciste te da motivo de gloriarte. No importa si es un «porque sirvo a Cristo», «tengo fe» o «soy creyente». Todas esas señalan a nuestro yo pecaminoso. Es diferente cuando la respuesta da la gloria a Cristo: «Porque Cristo me salvó» o «Porque Cristo hizo méritos en lugar de mí». ¡Toda la gloria a Cristo por nuestra salvación!

Oración:

Señor, no permitas que caiga en la tentación de pensar que puedo merecer tu aprobación por mí mismo o por mis propios méritos. Amén.