UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA

Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas. Pero, según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia.

– 2 Pedro 3:12-13

Si usted supiera que en su ciudad explotaría un supe volcán dentro de un año, ¿pensaría en invertir todo su dinero comprando casas ahí? Por supuesto que no. Dios nos advierte que nuestro universo será destruido. Muchos científicos también sostienen lo mismo. Entre ambas afirmaciones hay una importante diferencia, mientras que para los científicos faltan millones de años para el fin del universo, la Biblia afirma que tal destrucción puede suceder en cualquier momento pues será repentina.

Dios nos dice que habrá un nuevo cielo y una nueva tierra que él ha preparado para quienes han sido salvados por los méritos de Cristo. Esa nueva creación será muy diferente de la actual. Dios mismo morará con los hombres, y no habrá llanto ni sufrimiento. Será un mundo de paz y armonía; allí no habrá pecado, maldad, violencia, guerras, crueldad, crimen ni cárceles. Jesucristo nos dice que allá las riquezas son eternas, no como aquí, que pueden ser robadas o pueden ser dañadas por la corrosión. En vista de ella Pedro nos exhorta con estas palabras: «Ya que todo será destruido de esa manera, ¿no deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios? […] Por eso, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, esfuércense para que Dios los halle sin mancha y sin defecto, y en paz con él» (2 Pedro 3:11-12, 14).

Vivir santamente puede ayudar a mantener la paz con nuestros prójimos, pero no nos ayudará a estar en paz con Dios. Por nosotros mismos no podemos lograr la paz con Dios porque ninguno de nosotros obedeció perfectamente la voluntad de Dios. A causa de nuestro viejo Adán y de nuestros pecados, Dios está enojado con nosotros. La única manera de estar en paz con Dios es tener una obediencia perfecta a su voluntad; esta obediencia viene de Cristo. Cristo hizo todo lo necesario para que Dios esté en paz con nosotros. Él obedeció perfectamente la voluntad de Dios en lugar nuestro y derramó su preciosa sangre para pagar nuestro pecado. En gratitud a Jesucristo, nosotros vamos a querer vivir santamente, en paz y esperando ser hallados sin mancha y sin defecto – en Cristo.

Oración:

Bendito Dios, yo soy un pecador desde que nací y no merezco tu perdón ni tus promesas para la vida eterna. Sin embargo, te agradezco porque por su obediencia en sustitución mía y por su muerte en pago por mis pecados Jesús me dio el privilegio de ser un morador dichoso de la nueva creación. Amén.