“Él nos amó; con su sangre nos lavó de nuestros pecados, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre. Por eso, a él sea dada la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5,6).

REYES Y SACERDOTES EN EL REINO DE CRISTO 

Nos unimos a las voces del pueblo de Dios de todos los tiempos en llamar a Jesús el Rey de reyes. Su gracia y su poder han hecho para él un reino glorioso. Bajo su reinado misericordioso hay almas que están libres de pecados y que vivirán con él para siempre. Aun si no tuviéremos otras bendiciones excepto esta, nos consideraríamos ricos. La lectura de hoy nos dice que Dios da aún más. Nos hace reyes y sacerdotes en su reino.

A menudo nos sentimos cualquier cosa menos reyes. Los pecados aparecen cuando uno menos se los espera y los problemas de vivir en un mundo pecaminoso algunas veces nos hacen sentir que estamos lejos de Dios, mucho menos que somos reyes que están reinando con él. No obstante, Dios no quiere que juzguemos por las apariencias. Nuestras oraciones son poderosas, y el Rey de reyes nos permite una voz en cómo reina en el mundo. Añada esto al hecho de que Cristo considera nuestras necesidades y preocupaciones cuando decide lo que pasará en este mundo. Algunas veces experimentamos esto de primera mano. Muchas veces solo por la fe sabemos que es verdad.

Y el Señor nos confiere otra bendición. No solo nos hace reyes, sino que también nos hace sacerdotes. En los tiempos del Nuevo Testamento, los sacerdotes tenían el privilegio de acceder a Dios. Servían en el templo, donde Dios se reunía con su pueblo a través de su palabra y los sacrificios que señalaban a Cristo. Únicamente los sacerdotes podían entrar en los aposentos de la casa de Dios, en el lugar santo y en el lugar santísimo.

El Viernes Santo, sin embargo, el velo que separaba a la raza humana pecadora del Santo Dios se rasgó por la mitad. Ahora “tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien tenemos también, por la fe, acceso a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1,2). Ahora nuestro gran Sumo Sacerdote nos ha hecho a todos sacerdotes con el privilegio de acceder a Dios. Lo que es más, podemos ofrecernos a él como sacrificios espirituales.

Hoy usted es un rey y sacerdote de su reino. Ore para que él lo guíe y lo proteja. Emprenda sus tareas cotidianas alegremente, sabiendo que sirve al Señor Jesús que lo bendecirá.

Oración:

Padre celestial, escucha nuestras oraciones y acepta nuestras alabanzas como tus sacerdotes reales en el nombre de Jesús, nuestro gran sumo sacerdote. Amén.