“Porque, si cuando éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, mucho más ahora, que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida” (Romanos 5:10).

EL AMOR SEGUIRÁ 

“Papi, ¿cómo sabes que vas a ir al cielo?”, preguntó Rebequita a su papá. Buena pregunta. ¿Cómo puede un cristiano estar seguro de la salvación? En efecto, ¿no es impertinente creer que uno es salvado antes de que se pase lista en el cielo? ¡No! De hecho, es arrogante e impertinente y condenable dudarlo.

En las palabras tranquilizadoras de nuestra lección, Pablo examina la certeza de nuestra salvación. Concluyó diciendo que Cristo murió y resucitó para establecer nuestra salvación como una certeza. Un abogado litigante apreciaría el caso que Pablo presenta. ¿Acaso no éramos enemigos de Dios? Peor que eso, todo nuestro ser era hostil hacia Dios. Y con todo eso, su Hijo, cuando todavía éramos enemigos de Dios, ¿acaso no murió por nosotros? Sabemos que fue así. ¿Y acaso no permitió que por su muerte sustitutoria Dios nos declarara justos? ¿No hemos sido llevados al compañerismo con Dios, reconciliados mediante Cristo? ¡Desde luego que sí! El evangelio lo declara repetidamente. ¿Por qué, entonces, ha hecho Dios todo esto si no fuera para nuestra salvación eterna? Sí, la salvación es el resultado final de Dios de reconciliarnos con él. Y lo sabemos a ciencia cierta, puesto que Jesús resucitó de la muerte y prometió regresar y llevarnos a vivir con él.

Como Pablo dijo a los corintios, ¿qué hay de bueno si Cristo no resucitó? Si no tenemos esperanza de la vida eterna, es una tontería que sigamos siendo cristianos. Pero la vida eterna es el centro de nuestra esperanza, por medio de aquel que murió y resucitó. Y para mantener esta esperanza, nuestro Señor ha dado a su Espíritu Santo como “garantía de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu ha hecho que nos demos cuenta y que reconozcamos todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Y está obrando para que sigamos manteniendo esa fe. Por supuesto, Dios, quien ha hecho tanto por nosotros, asegurará la llegada a la meta.

Sí, Cristo no está muerto sino vivo. ¿Y acaso no prometió “porque yo vivo, ustedes también vivirán” (Juan 14:19)? Incluso ahora está obrando para ese final, preparando un lugar para nosotros, y obrando en nosotros para llevarnos allí.

Sí, ser cristiano es estar seguro de la salvación, es decir, estar seguro de la capacidad de Dios para cumplir sus promesas en Cristo.

Oración:

Padre, disipa cualquier duda y mantén nuestros ojos fijos en la cruz y en el sepulcro vacío de Cristo, nuestro Salvador. Amén.