TIEMPOS DIFÍCILES

En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor.

– Jueces 21:25

El libro de Jueces narra algunas historias del pasado de Israel que evidencian cuán corrupto puede ser el ser humano. Más de una vez, el texto remarca un asunto muy importante: «No había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jueces 18:1; 19:1; 21:3,25).

No era indispensable tener un rey. El pueblo de Israel contaba con un excelente apoyo divino en las Santas Escrituras, y Dios mismo era su rey. Pero se engañaban al pensar que cambiando de gobernante todo se solucionaría. El problema está en que nacemos pecadores, y nuestro viejo Adán nos hace sentir que, después de todo, no somos tan malos y que hay quienes son peores que nosotros. Cuando la gente de Israel tuvo rey siguió haciendo según su parecer y, siglos más tarde, rechazaron a Cristo crucificándole en el calvario. Por esto Esteban les amonestó diciendo: «¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo! ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, y ahora a éste lo han traicionado y asesinado» (Hechos 7:51-53).

Nosotros somos tan pecadores como aquellos israelitas y no podemos obedecer la voluntad de Dios perfectamente. Es más, ante Dios, somos tan pecadores como el peor criminal que haya pisado esta tierra. Así lo afirma la Escritura: «¡No hay ni uno solo que sea justo! […] ¡No hay quien haga lo bueno! ¡No hay ni siquiera uno! […] Pues no hay diferencia: todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios» (Romanos 3:10,12 22-23). Por eso merecemos toda la ira de Dios, su castigo eterno.

Gracias a Jesucristo, quien fue nuestro doble sustituto al obedecer perfectamente la voluntad de Dios, en lugar nuestro y al sufrir, en la cruz, toda la ira de Dios sobre sí mismo en lugar de nosotros, podemos disfrutar la dicha de estar bajo su reino (Romanos 5:19; Colosenses 1:13). En gratitud vamos a querer hacer su voluntad por encima de la nuestra.

Oración:

Señor, por causa de mi pecado merezco el castigo eterno. Pero por causa de tus méritos tengo el perdón de mis pecados y libre acceso a tu presencia. Concédeme por tus medios de gracia ser fortalecido y guardado en la verdadera fe para la vida eterna y vivir, el tiempo que me resta aquí en la tierra, sirviéndote en gratitud a tu amor. Amén.

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