UNA PALABRA DE DOLOR

Jesús dijo: “Tengo sed.” Juan 19:28

La quinta frase de Jesús en la cruz es una de las más cortas. En el original ni siquiera es una frase, sólo una palabra de cuatro letras. Sin embargo, no nos atrevemos a considerarla sin la atención debida. Hay mucho que podemos aprender de ella.

Primeramente, aprendo que Jesús es verdadero hombre. ¿Cómo puedo dudar del hecho cuando lo escucho susurrar con sus labios resecos: “Tengo sed”? Él dejó la compañía de los ángeles, entró en el vientre de su madre, tomó mi carne para que él pudiera tener sed en esa cruz. Totalmente como yo, excepto sin pecado, él estuvo crucificado allí.

¿Hay algún consuelo para mí en esta verdad? ¿Acaso pienso que Jesús no sabe qué es vivir en esta tierra? ¿Qué él no conoce el dolor que tengo, los pesares, las aflicciones, los problemas? Él sabe exactamente lo que me toca vivir y la ayuda que necesito. Él padeció dificultades, experimentó el pesar, sintió dolor. Él lloró, durmió, y tuvo sed. Puesto que compartió mi vida, él se conduele de mí, y más importante, él puede ayudarme.

Tampoco puedo olvidar por qué él tuvo sed. Su alma sufrió la agonía del infierno por causa de mis pecados. Su cuerpo sufrió dolor físico, incluyendo sed, también por causa de mi pecado. Incluso puedo decir que mi sed causó la sed de él. Mi sed innata por las cosas que le desagradan a Dios causaron su dolor. Mi inextinguible sed por el pecado aplastó sus manos, contusionó su cuerpo, y resecó su garganta. En la cruz él soportó agonía física y espiritual para que él sea la fuente que puede calmar mi sed espiritual por siempre.

Oración:

Señor, diariamente dale de beber a mi alma sedienta de tu agua de vida. Amén.