(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 1:19–46, Marcos 15:6–20)

¿QUÉ HARÁS CON CRISTO?

—¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? —replicó Pilato

—Marcos 15:9

Poncio Pilato fue el prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C. Jesucristo compareció ante él bajo la acusación de sedición. Pilato, preguntó a Jesucristo si él era rey (sí lo era, el cargo de sedición quedaba comprobado). Cristo respondió que él sí era rey, pero que su reino no era de este mundo; y que había venido para dar testimonio de la Verdad. Pilato no quería conocer la verdad por eso cuestionó a Jesús diciendo: «¿Y qué es la verdad?» e inmediatamente salió de allí sin escuchar la respuesta. La Biblia dice que Satanás «con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad y así ser salvos. Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira.»; que «de lo que abunda en el corazón habla la boca» y que «por tus palabras se te absolverá, y por tus palabras se te condenará. (2 Tesalonicenses 2:10–11 cf. Lucas 6:45; Mateo 12:37)

Pilato, tras juzgar las acusaciones contra Cristo y ante la clara evidencia, declaró: «no lo encuentro culpable de nada». Sin embargo, presionado por las amenazas de la turba, planteo la pregunta de la meditación de hoy. Eso no es lo que se espera de un juez. En lugar de juzgar con justicia dejó que los enardecidos criminales decidan la sentencia. Pilato fue el único que defendió a Cristo, pero cedió ante la presión. Y aunque se lavó las manos para señalar que no quería ser considerado culpable, con sus actos, se hizo cómplice del asesinato de Cristo. Su desamor por la verdad lo llevó a auto engañarse ilusionándose con ser inocente (Mateo 27:24) No somos diferentes de Pilato. No queremos asumir las consecuencias de nuestro pecado. Muchas veces, como Adán, cargamos nuestra culpa sobre otros. No querer aceptar nuestra culpa es el resultado de nuestro orgullo pecaminoso. Otras veces queremos imaginar que nuestras buenas obras son suficientes para compensar nuestro pecado. Por esta falta de arrepentimiento o impenitencia, somos merecedores de toda la ira de Dios. Gracias a Dios Cristo hizo siempre lo correcto y, siendo inocente, aceptó cargar nuestro pecado en lugar de nosotros. En gratitud vamos a querer confesar diariamente que somos culpables de todos los pecados y que él, siendo inocente, murió para salvarnos de nuestra merecida condenación eterna.

Oración:
Santo Dios, ¡oh Dios de amor! Óyeme: soy pecador; te confieso mi maldad, implorando tu piedad. Solo contra ti Señor, he pecado, y el amor de Jesús que me buscó he tenido en poco yo. Por la gran profundidad de tu gracia y tu bondad, por Jesús mi Salvador, ten de mi piedad, Señor; y yo entonces andaré con Jesús en viva fe, pregonando con fervor la salud del Dios de Amor. Amén. (Culto Cristiano, Himno 210)

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