(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 28:1–14, Lucas 4:1–6)

LUZ PARA LAS NACIONES

«No es gran cosa que seas mi siervo,
ni que restaures a las tribus de Jacob,
ni que hagas volver a los de Israel,
a quienes he preservado.
Yo te pongo ahora como luz para las naciones,
a fin de que lleves mi salvación
hasta los confines de la tierra.»

—Isaías 49: 6

Muchas personas tiene la idea de que la Biblia habla de Cristo solamente en el Nuevo Testamento ¿Tienen razón?

No la tienen. Las Santas Escrituras, desde Génesis hasta Apocalipsis hablan de Cristo. El capítulo 49 de Isaías, del cual procede el texto de la meditación de hoy, trata de Cristo. Es más, el reformador Martín Lutero hace esta observación: «Desde este capítulo hasta el final, no hay otra cosa sino Cristo, y aunque ocasionalmente y al mismo tiempo el profeta corrige y reprende, el enfoque de su libro tiene que ver con el llamado a los gentiles y con el rechazo de los judíos». Según este pasaje de la profecía, Cristo vino para restaurar a Israel (Mateo 1:21) Pero este no era el propósito primordial de su misión: «luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra» Jesucristo no viajó fuera de la fronteras de su país natal ¿Cómo, entonces es luz para las naciones?

Cristo es luz para las naciones por medio del Israel restaurado. Este Israel es la iglesia que Él edificó. La noche que celebró la última cena, Cristo estableció el Israel de Dios celebrando el Nuevo Pacto en su sangre que sería derramada para el perdón de los pecados. Después de su resurrección, Él comisionó a su iglesia para que difundan por todo el planeta el mensaje de salvación. Ese mensaje es la buena noticia del perdón gratuito de nuestros pecados. Cuando una persona comprende que solo merece el infierno, lo ve todo oscuro. Pero si escucha la buena noticia de lo que Cristo hizo por ella, sale de esa oscuridad, pues Cristo la ilumina con el evangelio. Predicar la buena nueva es resplandecer quitando la oscuridad del mundo. Cristo nos iluminó. En gratitud vamos a querer iluminar a los demás.

Oración:

Santo Dios, ¡oh Dios de amor! Óyeme: soy pecador; te confieso mi maldad, implorando tu piedad. Solo contra ti Señor, he pecado, y el amor de Jesús que me buscó he tenido en poco yo. Por la gran profundidad de tu gracia y tu bondad, por Jesús mi Salvador, ten de mi piedad, Señor; y yo entonces andaré con Jesús en viva fe, pregonando con fervor la salud del Dios de Amor. Amén. (Culto Cristiano, Himno 210)

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