LA FALTA DE CONOCIMIENTO ESPIRITUAL

Mi pueblo no tiene conocimiento, por eso ha sido destruido.

Y a ti, sacerdote, que rechazaste el conocimiento, yo te rechazo de mi sacerdocio.

Puesto que tú olvidas las enseñanzas de tu Dios, yo me olvidaré de tus descendientes.

—Oseas 4:6, DHH

¿Alguna vez le dieron «gato por liebre»? En la Edad Media esto sucedía literalmente. Con el tiempo, esta expresión sirvió para referirse a cualquier tipo de estafa. En tiempos del Antiguo Testamento ya existía la estafa doctrinal. La Biblia nos informa que no solo hubo falsos profetas (2 Pedro 2:1) sino también sacerdotes que estafaron a las personas enseñando su propia opinión en lugar de la verdad divina. Como resultado el pueblo fue destruido. Pedro y Pablo nos advierten contra este peligro (2 Pedro 2:1-22; Hechos 20:29-30 cf. 1 Timoteo 4:1)

Las personas mueren por falta de alimento. Así también es posible perecer por falta de alimento espiritual. Dios llamó a los sacerdotes y profetas de Israel para alimentar a su pueblo con la verdad saludable de su Palabra. Pero ellos prefirieron vivir vidas impías e impenitentes y alimentar al pueblo con su propia opinión. Por esto el Señor dijo: «Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Su adoración no es más que un mandato enseñado por hombres» (Isaías 29:13). Jesucristo citó este pasaje cuando denunció que los fariseos hacían esto mismo (Mateo 15:7-14).

Hoy, muchas personas son engañadas con esta estafa espiritual, tal como Jesucristo profetizó que sucedería (Mateo 24:10). Los fariseos modernos motivan a las personas a obedecer la ley para que estén a cuentas con Dios. Hacen creer que somos agradables a Dios por nuestras buenas obras y actos de obediencia. Se enseña que el bautismo es «el primer acto de obediencia» para agradar a Dios. La Biblia dice que Cristo instituyó el bautismo para darnos a conocer el «perdón de pecados» gratuito que Él ganó para nosotros (Hechos 2:38-39). Otros piensan que se puede arreglar las cosas con Dios al prometer seguir a Cristo o decidir ser seguidor suyo. Todas esas son obras que pretenden ganar el cielo. La verdad es que nada que hagamos nosotros nos pone en buenas cuentas con Dios. Solo lo que hizo Jesucristo: su obediencia perfecta y su muerte en lugar nuestro es lo que nos lleva al cielo: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte» (Efesios 2:8-9). Un verdadero creyente querrá hacer buenas obras en gratitud por la salvación. Pero esas buenas obras no lo ponen en buena relación con Dios, solo muestran que es creyente.

Oración:

Señor, te doy gracias por Jesucristo, él es mi justicia. Sólo por sus méritos puedo estar en buenas cuentas contigo. Amén.

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