(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 17, Lucas 8:46–56)

EL PODER DEL BORDE DEL MANTO DE JESÚS

Jesús se puso en camino y las multitudes lo apretujaban. Había entre la gente una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias, sin que nadie pudiera sanarla. Ella se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, y al instante cesó su hemorragia.

—Lucas 8:42–44

A muchas personas les encanta coleccionar recuerdos de personas famosas. También hay quienes coleccionan recuerdos los familiares, amigos, lugares visitados, etc. No hay nada de malo en hacerlo. Pero atribuirles poderes puede ser pecaminoso. Según el texto de hoy una mujer que tocó el borde del manto de Jesús ¿Confió ella en el poder del manto o en Jesús?

Es evidente que esta mujer no pensó que el manto de Cristo tuviera alguna clase de poder pues el Señor mismo da testimonio que ella tuvo fe en Dios. Esta mujer tuvo fe en Cristo, quien sí tiene el poder de sanar y salvar. La Biblia nos dice que «que toda la gente procuraba tocarlo, porque de él salía poder que sanaba a todos.» (Lucas 6:19) El poder de Cristo es el poder de Dios. Cristo tiene ese poder porque es Dios. Sus milagros evidencian que él es el Mesías, Dios hecho carne.

Así como no fue el manto, tampoco es nuestra oración, ni el ayuno ni nuestra devoción la que tiene el poder. El apóstol Pedro da testimonio de esto cuando un paralitico fue sanado en Jerusalén al invocar el nombre de Cristo: «Pedro les dijo: «Pueblo de Israel, ¿por qué les sorprende lo que ha pasado? ¿Por qué nos miran como si, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús. […] Por la fe en el nombre de Jesús, él ha restablecido a este hombre a quien ustedes ven y conocen. Esta fe que viene por medio de Jesús lo ha sanado por completo, como les consta a ustedes. (Hechos 3:12–16). Toda la gloria pertenece a Cristo.

Cuando atribuimos las maravillosas bendiciones del Señor a nuestra buena conducta, o a nuestra devoción o a la oración o prácticas espirituales (ayunos, vigilias, etc.) le quitamos la gloria a Dios y atribuimos el poder de Dios a esas cosas. Atribuir a criaturas lo que pertenece solo a Dios es pecado de idolatría. No hemos confiado perfectamente en Dios y por eso merecemos su ira eterna. Pero Cristo sí lo hizo. Él dio la toda gloria a Dios en lugar de nosotros y en la cruz murió pagando nuestro pecado. En gratitud vamos a querer temer, amar y confiar en Dios sobre todas las cosas.

Oración:

Señor, te suplico que me afirmes en la verdadera fe por medio del poder de tu evangelio presente en los medios de gracia para que permanezca creyendo y confiando solo en ti, en tu gracia y en tu palabra. Amén.

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