“Ya me han oído decir que me voy, pero que vuelvo a ustedes. Si ustedes me amaran, se habrían regocijado de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Ya no hablaré mucho con ustedes, pues viene el príncipe de este mundo, que ningún poder tiene sobre mí. Pero para que el mundo sepa que amo al Padre, hago todo tal y como el Padre me lo ordenó. Levántense, vámonos de aquí” (Juan 14:28,30,31)

JESÚS PUEDE DARNOS LA PAZ VERDADERA 

La promesa de Jesús de hacer su hogar en nosotros no ofrecería ningún consuelo si Jesús fuera sencillamente otro ser humano o si Jesús no hubiera cumplido su obra como nuestro Salvador. Nuestro versículo de la Escritura, sin embargo, es un gran consuelo para nosotros. Nos dice que este Jesús que viene a nosotros en su palabra y que mora en nuestro corazón es un vencedor poderoso sobre nuestros enemigos. Él puede darnos la victoria y la paz verdadera.

Jesús dijo las palabras de nuestro versículo bíblico la noche antes de su muerte. Incluso en ese tiempo, nuestro Salvador supo que podía salir victorioso en su lucha contra el pecado, la muerte y el diablo. Aquí Jesús describe su victoria sobre sus enemigos en tres declaraciones diferentes. Jesús dice, antes que nada, “me voy, pero… vuelvo a ustedes”. El Salvador supo que sería llevado de los discípulos. Que lo arrestarían y lo matarían. Pero también supo que resucitaría la mañana de la Pascua y se aparecería a los discípulos. Jesús supo que saldría victorioso de la muerte.

Jesús también dice a sus discípulos: “Viene el príncipe de este mundo, que ningún poder tiene sobre mí”. El príncipe de este mundo es Satanás. Reina sobre los incrédulos en un reino de tinieblas espirituales. El príncipe de este mundo luchó contra Jesús mientras estuvo en la cruz. ¡Pero Jesús salió victorioso! Jesús no tiene culpa ni pecado. Por lo tanto, Satanás no puede reclamar a Jesús como suyo. Satanás no tiene nada sobre Jesús.

Por último, Jesús dice a sus discípulos: “Pero para que el mundo sepa que amo al Padre, hago todo tal y como el Padre me lo ordenó. Levántense, vámonos de aquí”. El trayecto del Salvador al Calvario podría ser una señal para todo el mundo de que obedeció la voluntad del Padre celestial. Sería una señal incluso para los incrédulos de que Jesús es el vencedor sobre el pecado. Por lo tanto, con plena seguridad de la victoria, Jesús lleva a sus discípulos del aposento alto al huerto de Getsemaní con la afirmación segura: “Levántense, vámonos de aquí”.

El Salvador que mora en nosotros es nuestro héroe vencedor. Su victoria es nuestra victoria, una victoria verdadera que nos da paz verdadera y eterna.

Oración:

Querido Salvador, que tu victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo llene nuestro corazón de alegría y gozo. Amén.

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