BAJO LA PROTECCIÓN DEL ALTÍSIMO

El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: «Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré».

– Salmo 91:1,2

Me acerqué al organizador del evento. Con mi dedo índice señalé sobre el texto que decía: «Horas 10:30 – Pausa para café, 10 minutos» y le dije: «Pasaron los diez minutos y no sirvieron el café. ¿Qué sucedió?»

El equilibrista francés Jean François Gravelet-Blondín en 1859 asumió el desafío de cruzar las cataratas del Niágara caminando sobre un cable de 335 metros de largo llevando una carretilla vacía. Tras la ovación emocionada de los espectadores Blondín preguntó al público si creían que podría cruzar esta vez llevando una persona dentro la carretilla. El aplauso unánime indicaba que la respuesta era un sí rotundo. Pero cuando pidió un voluntario, el silencio fue tal que demostró que, a la hora de la verdad, la confianza se esfuma.

¿Qué en cuanto a nuestra confianza en Dios? ¿Acaso no es verdad que pensamos que confiamos en Dios, pero a la hora de la verdad tal confianza flaquea? Dios quiere que confiemos en él por encima de todo. No confiar perfectamente en Dios es un pecado contra el Primer Mandamiento. Nuestro viejo Adán tiene la tendencia a confiar en cualquier cosa por encima de Dios. Por ejemplo, hay personas que asisten con regularidad a alguna iglesia para adorar a Dios y, sin embargo, consultan diariamente su horóscopo. Otros se encomiendan a algún ser espiritual. No faltan quienes, afirmando ser creyentes cristianos, ponen su confianza en las riquezas, mientras que otros lo hacen en sus capacidades intelectuales.

No hemos puesto nuestra confianza en Dios perfectamente, por eso merecemos toda la ira divina. Jesucristo, nuestro doble sustituto sí confió perfectamente en su Padre y lo hizo en lugar nuestro. Además, voluntariamente fue a la cruz para sufrir toda la ira de Dios en lugar de nosotros. Agradecidos por lo que Jesucristo hizo en lugar nuestro vamos a querer depositar nuestra confianza en Dios. Puesto que lo confiamos imperfectamente, Dios añadirá a nuestra imperfecta obediencia los méritos de Jesucristo y así, siendo ya nuestra, la justicia de Cristo podremos decir con plena certidumbre que «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: “Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”».

Oración:

Altísimo Señor, confieso que mi confianza humana en ti es imperfecta y que, por eso, te ofendo de tal manera que solo merezco tu eterna ira. Pero gracias a tu Hijo, Jesús, soy perdonado. Sus méritos ahora son míos, y tú me declaras justo. Por todo lo cual puedo disfrutar plenamente de tu abrigo protector y vivir, en gratitud, santamente bajo tu gracia. Amén.