SI EL EVANGELIO NO TE ALEJA DEL PECADO, EL PECADO TE ALEJARÁ DEL EVANGELIO

No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y nunca peque.

– Eclesiastés 7:20

Hace muchos años que soy creyente y en todo este tiempo fui tentado cada día. Pero, desde mi perspectiva humana, prefiero pensar que he pecado muy poco. ¡Cuán lejos de la verdad estoy al pensar así! Los cristianos todavía tenemos el viejo Adán y pecamos cada día, aunque nos parezca que no es así. El rey David, oró: «¿Quién está consciente de sus propios errores? ¡Perdóname aquellos de los que no estoy consciente!» (Salmo 19:12) porque sabía que somos débiles pecadores.

Nuestro viejo Adán diariamente lucha contra nuestro deseo de cumplir la voluntad de Dios. El diablo y el mundo ayudan a nuestra carne en esta lucha. Martín Lutero, para ayudarnos a comprender, lo explica así: «Nadie está libre de pruebas. Sin embargo, podemos defendernos contra ellas y controlarlas pidiendo la ayuda de Dios en oración. Así leemos en el libro de los ermitaños de un hermano joven que anhelaba librarse de sus pensamientos. El anciano ermitaño le dijo: “Querido hermano, no puedes impedir que los pájaros vuelen sobre tu cabeza, pero decididamente puedes impedir que aniden en tu cabeza”».

Puesto que soy tentado diariamente, el arrepentimiento diario es vital en mi vida porque el pecado puede ahogar la fe. Así como la cizaña mata a las plantas en un jardín, el pecado hará lo mismo con la fe. El pecado voluntario o deliberado destruye la fe. Si permito que el pecado se apodere de mi corazón, el Espíritu Santo se apartará. La fe será destruida. La vida cristiana incluye diariamente decir no al pecado, reconociendo primero nuestras debilidades y recordando que nos fue advertido: «Si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer» (1 Corintios 10:12).

¿Cuánto tiempo durará esta lucha con nuestra carne? Mientras tengamos esta carne pecadora con nosotros, tendremos que luchar contra las tentaciones que surgen de ella. Pero Dios no nos ha dejado sin esperanza. Pablo, reconociendo lo serio de esta la lucha, clamó: «¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» (Romanos 7:24). Pero con alivio y alegría responde: «¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!» (Versículo 25). Sólo en Cristo hay victoria. Él dio los medios de gracia para afirmar y fortalecer nuestra fe. La noche que iba a ser entregado Jesús dijo a sus discípulos: «En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). ¡La victoria de Cristo es nuestra victoria por medio de la fe!

Oración:

Señor Jesús, te doy gracias porque en ti hay victoria. Te suplico que no me dejes caer en tentación; líbrame del mal. Amén.