EL DESTINO DE LA VIÑA AGRIA

Y ahora, hombres de Judá, habitantes de Jerusalén, juzguen entre mi viña y yo.

¿Qué más se podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Yo esperaba que diera buenas uvas; ¿por qué dio uvas agrias?

—Isaías 5:3,4

Una viña es un terreno en el cual se han plantado muchas vides. La vid es una planta de la cual el fruto, la uva, es lo único valioso que puede obtenerse. De otras plantas pueden aprovecharse el tallo para hacer madera, las ramas para leña, sus flores para elaborar perfumes, etcétera. Así que si el fruto de la viña sale malo se pierde toda la inversión.

Dios comparó al pueblo de los israelitas con una viña que él plantó con miras a cosechar su fruto. Él llamó a Abraham para que de su descendencia surja un pueblo que le sirva como sacerdotes que anuncien y enseñen a todas las naciones que Dios otorga, mediante la fe sola, la salvación gratuita y el perdón de los pecados que fueron ganados por los méritos de Jesucristo: su obediencia activa y pasiva. (Romanos 4:11-12, 16, 24-25) Los descendientes israelitas de Abraham fueron sacados de Egipto para ser los sacerdotes de Jehová. Pero para el tiempo de Isaías habían perdido de vista su misión y habían cambiado la fe por las obras. ¿Cómo respondió Dios a este desastre? Él dijo: «Voy a decirles lo que haré con mi viña: […] será destruida; derribaré su muro, y será pisoteada. La dejaré desolada, (Isaías 5:5-6). En cumplimiento del decreto de Dios los reinos de Israel y Judá quedaron desolados. Primero cayó el reino norteño de Israel, sometida por Asiria cerca del 722 a.C. Casi cien años después cayó Judá ante Babilonia. La tierra de Israel quedó desolada por setenta años durante la deportación babilónica. Sí, la viña que daba uvas agrias fue destruida y quedó así desolada hasta tiempos de Esdras y Nehemías.

Jesucristo condenó el pecado de religiosidad externa que manifestaron muchos judíos en el tiempo de su primera venida. Lo hizo con el propósito de abrirles los ojos, a fin que entiendan qué tan terrible es ese pecado, pues, no solo afecta al pecador en sí como un individuo, sino también a toda la comunidad de creyentes. «Un poco de levadura fermenta toda la masa.» (Gálatas 5:98). Cristo, nuestro redentor, nos ha salvado de la condenación eterna con sus méritos tanto al vivir 33 años en obediencia perfecta a la ley como al morir vicariamente en la cruz por cada uno de nosotros. En gratitud vamos a querer llevar el fruto para el que hemos sido llamados (Juan 15:1-17).

Oración:

Señor, por mi propio poder y capacidad no puedo llevar fruto. Pero por el poder de tu evangelio obrando en mi vida quiero llevar mucho fruto y que ese fruto permanezca, te suplico me lo concedas por los méritos de tu Hijo Jesucristo.  Amén.

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