“Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta”(Salmo 32:1).

SOMOS PERDONADOS 

¿Se siente dichoso? Si alguien le preguntara cuál es su mayor bendición, ¿qué contestaría? ¿La familia? ¿Buena salud? ¿Buen trabajo? ¿Algo más que sea especial para usted?

Hay muchos días en que no nos sentimos particularmente dichosos. La enfermedad ha hecho que la vida sea miserable, o la empresa ha cambiado su planta a otra ciudad, o hemos perdido el trabajo, o todo parece ir mal. Cuando esas cosas pasan, no nos sentimos bendecidos.

No obstante, nuestro Dios misericordioso nos llama dichosos y él siempre dice la verdad. Para las normas de Dios, la verdadera dicha consiste en algo más que la buena salud, un buen trabajo, una familia preciosa, todo lo cual, en verdad, son dones de un Dios bondadoso. Nos habla por medio de su palabra de una bienaventuranza mayor que tenemos: el perdón de nuestros pecados.

Los pecados no son simplemente defectos en nuestro carácter; son rebeliones en el peor sentido de la palabra, son rebeliones contra Dios y su ley. Cuando nos rebelamos contra Dios, nos sublevamos contra la santa voluntad de Dios y merecemos el castigo más duro que Dios pueda infligir.

Por otra parte, los pecados son un fracaso de nuestra parte para estar a la altura de las exigencias de la ley de Dios. Y cuando recordamos que la ley de Dios requiere perfección, nos damos cuenta de que a menudo no damos en el blanco. El resultado final de la maldad y de los pecados es el mismo. Somos culpables delante de Dios. Merecemos su ira y su castigo. Estamos condenados.

Sin embargo, Dios nos llama dichosos. ¿Cómo puede ser eso? Solo necesitamos mirar a Cristo. Dios envió a su Hijo, su unigénito, para cargar con el terrible castigo que merecimos. Murió en la cruz por propia voluntad por nosotros, no solo por nosotros sino por todo el mundo. “Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado”.

Ahora nuestros pecados han sido cubiertos, no ocultados. La justica de Dios no permitiría eso, sino han sido cubiertos. Otros pueden ver que no hemos alcanzado en lo absoluto el objetivo de la ley de Dios, pero él no. Es a causa de Cristo, por medio de su justicia, que nuestros pecados han sido cubiertos y quitados de la vista del Padre.

¿Hay alguna duda, entonces, de que somos realmente bienaventurados?

Oración:

Querido Señor, me has dado el mayor don de todos: el perdón de mis pecados. Guárdame, te lo ruego, de tomar mis pecados a la ligera. Fortalece mi fe en ti como mi único Redentor. Amén.