APRECIANDO EL DON DE LA VIDA

Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal.” Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno.

– Mateo 5:21-22

Dios nos creó con valores incrustados en nuestro corazón. A esos valores llamamos ley moral. Uno de esos valores es el aprecio por la vida humana.

El Señor quiere que valoremos la vida humana, por eso dijo a Noé: «Yo hice al hombre y a la mujer semejantes a mí mismo. Por eso, si algún animal los mata a ustedes, ese animal también tendrá que morir; y si alguno de ustedes mata a otra persona, también tendrá que morir» (Génesis 9:5-6 TLA). Jesús, en el Sermón del Monte, nos muestra que el menosprecio por la vida humana se manifiesta no solo con el acto de asesinar sino también con los sentimientos de odio al prójimo y con las palabras hirientes. Existe la ira justa, que tiene que ver con el honor y la verdad de Dios, pero aquí Jesús habla de la ira pecaminosa, que tiene que ver con la venganza y puede incluir el odio (1 Juan 3:15). La ira pecaminosa es pecado contra el Quinto Mandamiento: «No matarás». Esa ira merece su castigo.

Martín Lutero escribió: «Debemos temer y amar a Dios, de modo que no hagamos mal ni causemos daño a nuestro prójimo en su cuerpo; sino que le ayudemos y le seamos útiles en toda necesidad material» (Catecismo Menor). Pecamos contra este mandamiento también cuando causamos sufrimiento de estrés a nuestro prójimo con nuestra pésima conducta; o cuando pasamos de largo cerca de una persona que de verdad necesita nuestra ayuda (Mateo 25:35,36). Dios está enojado contra quienes somos culpables de dañar la vida (Apocalipsis 11:18).

Jesucristo vino para salvarnos de esta condena siendo nuestro doble sustituto: «“Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca.” Cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con justicia. Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia» (1 Pedro 2:22-24). Cristo apreció la vida humana y sufrió el castigo que nosotros merecemos. En gratitud vamos a querer apreciar la vida humana y «como escogidos de Dios, santos y amados, revestirnos de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que nos toleremos unos a otros y así como el Señor nos perdonó, perdonar nosotros vistiéndonos de amor, que es el vínculo perfecto» (Colosenses 3:12-14).

Oración:

Señor, confieso que he pecado dando lugar a mi ira pecaminosa contra mi prójimo de diversas maneras. Suplico que me guardes de pecar contra ti menospreciando el valor de la vida humana. Amén.