(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 9:30–10:12)

DOMINGO DE RAMOS

[Jesús iba montado en un burrito.] Al acercarse él a la bajada del monte de los Olivos, todos los discípulos se entusiasmaron y comenzaron a alabar a Dios por tantos milagros que habían visto. Gritaban:

—¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!

—¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!

—Lucas 19:37-38

El domingo anterior a la fiesta de Pascua del último año de su ministerio, Jesucristo manda, a un par de discípulos suyos, que desde Betfagé le traigan un burrito sobre el que nadie había montado todavía. Puesto que los dueños del pollino lo enviaron sin mayores objeciones, es posible que Jesús haya hecho arreglos previos para usarlo cuando lo necesitara. Los discípulos llevaron el burrito a Jesús y lo ayudaron a montar. Así Jesús inicia su procesión del Domingo de Ramos conocida como la entrada triunfal a Jerusalén.

La entrada triunfal fue profetizada así: «¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! Mira, tu rey viene hacia ti, justo, salvador y humilde. Viene montado en un asno, en un pollino, cría de asna.» (Zacarías 9:9). Jesús la cumplió conscientemente para así enseñar que el Mesías no vino para destruir el mundo tal como era conocido y establecerse en un trono terrenal sometiendo a todo el planeta bajo una ruda disciplina, como lo hacía ya el imperio romano, ni como lo esperaba la mayoría de los judíos de aquél tiempo.

Vino «justo, salvador y humilde». Por 33 años Jesús obedeció perfectamente los diez mandamientos: desde el cielo el Padre dijo que él era su Hijo amado en quien hallaba complacencia. Sí, Jesús fue perfectamente Justo, y lo fue en lugar de nosotros, para que esa justicia nos sea atribuida por la fe. Vino como Salvador, es decir como sustituto nuestro para sufrir el castigo que nosotros merecemos. Vino humilde, pues no resistiría de ninguna manera nada de lo que le tocaría afrontar para salvarnos. La gente que seguía a Jesús tendió, a su paso, muchas prendas de vestir como una alfombra reconociéndolo como el Mesías; y con ramos de palma en las manos, lo alababan gritando: «¡Hosanna!», una expresión hebrea que significa «¡Por favor sálvanos!» Pero muchos judíos no lo aceptaron como Mesías, entre ellos unos que le piden que haga callar a la multitud. Jesús les dijo que si callaran las piedras hablarían. Cuando llegó a Jerusalén lloró por ella pues sabía que habiendo rechazado a su salvador, la ciudad sería destruida hasta no quedar piedra sobre piedra. Por cerca de dos mil años esas ruinas de piedra han sido testimonio fehaciente de que el Salvador ya vino.

Oración:

Señor Jesucristo, concédeme mediante el poder de tu evangelio, ser manso y humilde y perseverar creyendo tu palabra para la vida eterna. Amén

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