“Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a redimir a su pueblo” (Lucas 1:68).

PAGADO ÍNTEGRAMENTE 

Era un buen barco. Había pasado muchas horas construyendo el pequeño casco y la pequeña vela. Ahora debía ponerlo a prueba. Juanito, de diez años de edad, lo puso con cuidado en el riachuelo y vio cómo la corriente se lo llevó rápidamente al tomar la curva en el río. Antes de que pudiera rescatarlo, se había ido.

Algunas semanas después, daba la casualidad de que Juanito se encontraba en una tienda de artículos de segunda mano, y en uno de los estantes estaba el pequeño barco que él había hecho. Pero no había nada que lo identificara que era suyo, y el comerciante no le creía. “Tendrás que pagarme cinco dólares si quieres ese barco”, le dijo el comerciante. Juanito estuvo dispuesto a pagar por el barco. Mientras sacaba el barco de la tienda, pensó: “Este barco es mío doblemente. Primero lo hice, y luego lo perdí, y lo volví a comprar”.

De la misma manera, Dios nos redimió, es decir, nos volvió a comprar. El precio fue la preciosa sangre de su Hijo, Jesucristo. Toda la plata y todo el oro del mundo no fue suficiente para redimirnos a nosotros, pecadores condenados. Fue necesario que Cristo, como un cordero “sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19), proveyera nuestra salvación.

Zacarías entendió esto y bendijo a Dios por enviar a su ángel para anunciar que el día de la redención se acercaba. El ángel le dijo a Zacarías que su hijo de ocho días de nacido, Juan, sería quien iría delante del Señor “con el espíritu y el poder de Elías… Así preparará bien al pueblo para recibir al Señor” (Lucas 1:17). Dios no había olvidado la promesa que hizo a los israelitas. Estaba a punto de enviar a su Hijo al mundo para ser el Redentor de toda la humanidad, para pagar el precio requerido por los pecados de toda la gente. Esto fue lo que llevó a Zacarías a cantar el cántico de alabanza.

Es este mismo conocimiento que inspira nuestros cantos navideños de alabanza. La ira de Dios exigía el castigo por los pecados. Se requería la satisfacción. Pero el precio tenía que pagarse íntegramente. El Redentor vino al mundo. Unámonos a Zacarías para alabar al Señor.

Oración:

En pobre establo nace el Redentor

Sepamos pagarle amor con amor

Por cuna le ofrezco yo mi corazón

Y allí le caliento con todo mi ardor. (CC 353:2)