MARÍA VISITA A ELISABET.

A los pocos días María emprendió el viaje y se fue de prisa a un pueblo en la región montañosa de Judea. Al llegar, entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet. Tan pronto como Elisabet oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre. Entonces Elisabet, llena del Espíritu Santo, exclamó:

—¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme? Te digo que tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría la criatura que llevo en el vientre. ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!

—Lucas 1:38-45

Todos queremos ser felices. Muchas veces nuestra búsqueda comienza muy temprano, cuando imaginamos cómo sería una vida llena de felicidad. En la primera mitad del siglo 20 las personas esperaban ser felices si formaban una nueva familia. Para la última mitad, la meta cambió a obtener una profesión rentable, buen salario, casa y auto. Hoy muchos piensan en viajar para recorrer el mundo y así alcanzar la dicha. La Biblia promete algo mayor que la felicidad y la dicha. Este gozo mayor es llamado bienaventuranza, pero las traducciones más recientes lo vierten dicha y felicidad por ser términos más conocidos. Elisabet le dijo a María que ella era dichosa por haber creído, pues lo que el Señor prometió lo cumplirá. Se refería a la promesa de ser la madre del Mesías. María creyó la promesa divina y disfrutó el hecho de que Dios siempre cumple sus promesas.

Pero el gozo de María no estaba centrado en el hecho de ser madre. Tampoco en lo maravilloso de vivir el milagro de concebir siendo virgen. Como ella misma lo testifica, su gozo radica en la obra de Dios, su salvador. El amor de Dios estaba en su vientre esperando salir al mundo para redimirlo. Jesús, el Salvador, venía para cumplir perfectamente toda la voluntad de Dios expresada como mandamientos morales. También vino para entregar esa vida perfecta en pago por nuestros pecados, y recibir, en la cruz, toda la ira de Dios. Jesucristo hizo ambas cosas, como nuestro doble sustituto, para que seamos salvos. «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.» (Juan 3:16). Por eso podemos decir sin temor: «Dichoso tú que has creído, porque lo que el Señor ha dicho se cumplirá!» Cree y verás la vida eterna. Pero muchas veces el corazón se resiste a creer. Hay buenas noticias: «La fe viene por el evangelio» ¡Escucha el evangelio y creerás!

Oración:

Señor, gracias por te doy porque mi salvación no depende de mis obras, ni aún de mi esfuerzo por creer. Gracias porque depende de tu promesa. Tú prometes y cumples. Te suplico fortalezcas mi fe por tus medios de gracia. Amén.

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