POR LA MISERICORDIA DE JEHOVÁ NO HEMOS SIDO CONSUMIDOS

Pero esto consideraré en mi corazón, y por esto esperaré:

Que por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias; nuevas son cada mañana. ¡Grande es tu fidelidad!

—Lamentaciones 3:21-23, Reina Valera 1995

¿Cómo es Dios? No somos pocos los que nos hemos planteado esta pregunta. Algunos, pensando en el aspecto físico, ha imaginado a Dios como un varón alto, delgado y de buen porte, con la barba y el cabello impecablemente blancos y ataviado con una alba túnica larga. Otros, pensando en su omnipotencia, lo representaron musculoso con el rostro lleno de ira y listo para enviar un rayo destructivo sobre el pecador. La Biblia nada nos habla en cuanto a la apariencia visual de Dios, pero sí nos revela cuáles son sus atributos. Nos dice que Dios es omnipotente (todopoderoso), omnisciente (lo puede todo) y omnipresente (el tiempo y el espacio no lo limitan y puede estar al mismo tiempo en todo lugar y época). También nos dice que Dios es eterno (sin principio ni fin), justo y bondadoso.

La Palabra de Dios dice: «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira y grande en misericordia. […] No ha hecho con nosotros conforme a nuestras maldades ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados» (Salmos 103:8,10, RV1995). Es verdad, aunque merecemos toda la ira de Dios a causa de nuestros pecados y de nuestra maldad; él, en su misericordia, nos da el perdón por los méritos de su Hijo Jesucristo. Sin esa misericordia, hoy estaríamos ardiendo en el infierno eterno.

Por su misericordia Dios envió a su unigénito, el Señor Jesucristo, para que podamos ser salvos. Puesto que la justicia de Dios tenía que ser satisfecha fue necesario que Jesucristo asumiera la naturaleza humana para ser nuestro doble sustituto. Él obedeció activa y perfectamente toda la ley de Dios y lo hizo en lugar de nosotros que no podemos obedece perfectamente como lo demanda la santidad divina. También, puesto que hemos pecado, es justo recibir que padezcamos en el infierno y por la eternidad el castigo que merecemos. Pero Cristo, como nuestro sustituto, recibió en la cruz el castigo por los pecados de cada ser humano, para que todos puedan tener acceso gratuito a la vida eterna.

Oración:

Señor, confieso que he pecado mucho en mis pensamientos, y también por lo malo que hice y por lo bueno que no hice; y que por eso merezco toda tu ira, el castigo eterno. Pero tú en tu misericordia me salvaste. Te doy gracias porque Jesucristo fue mi sustituto, tanto al obedecer perfectamente en lugar mío, como al morir para el perdón de mis pecados. Todo el mérito es absolutamente tuyo. Amén.

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