LA IMPENITENCIA DE ISRAEL

Venid y volvamos a Jehová,

pues él nos destrozó, mas nos curará;

nos hirió, mas nos vendará.

Después de dos días nos hará revivir,

al tercer día nos levantará,

y viviremos delante de él.

Esforcémonos por conocer a Jehová:

cierta como el alba es su salida.

Vendrá a nosotros como la lluvia,

como la lluvia tardía y temprana viene a la tierra.

—Oseas 6:1-3, Reina Valera 1995

Este texto parece expresar un real arrepentimiento, pero titula «La impenitencia de Israel» ¿Por qué? Dios deja claro, que Él quiere que los israelitas «reconozcan su culpa» (Oseas 5:15). La primera señal del arrepentimiento es la contrición, es decir, el dolor de saber que se ha obrado mal; y reconocerse merecedor de las consecuencias. Los israelitas no hicieron eso. Es verdad que se exhortan uno al otro a volver a Jehová. Pero ni una sola de sus palabras es una confesión de pecado. Cuando dicen: «[Jehová] nos destrozó» y «nos hirió», se refieren a las derrotas bélicas que han sufrido y al tributo que ahora deben pagar; no al penoso conocimiento de su propia culpa. La «curación» y el «vendaje» que buscan son la victoria en la guerra y la liberación de la opresión. Al decir: «Esforcémonos por conocer a Jehová» se refieren a llenar el santuario con ofrendas con las que piensan frenar sus derrotas. Pero omiten toda confesión de su pecado de idolatría.

No nos gusta pensar que somos pecadores y que hemos pecado. Más cómodo es olvidar el asunto y decir: «si no lo recuerdo es porque no pasó» Pero por mucho que lo ocultemos, lo podrido finalmente será evidente. Es verdad que Dios perdona el pecado y lo echa al olvido por los méritos de Cristo. Pero esto aplica al que es pecador penitente, es decir, al que, aterrorizado reconoce que merece toda la ira de Dios en la condenación eterna; y (la segunda señal), solo espera en la misericordia de Dios para el perdón. El pecador impenitente no quiere admitir que ha pecado y que merece toda la ira de Dios, ni desespera por su destino fatal. Por eso no siente necesidad de la salvación que ganó Cristo. Tal persona desea llegar al cielo por los méritos propios que imagina tener y que en realidad no los tiene. Ninguno que permanece impenitente hasta su muerte llega al cielo.

Oración:

Señor, confieso que he pecado mucho en mis pensamientos, por lo malo que hice y por lo bueno que no hice. Por esto merezco toda tu ira, el castigo eterno. Pero tú en tu misericordia me salvaste. Te doy gracias porque Jesucristo fue mi sustituto, tanto al obedecer perfectamente en lugar mío, como al morir para el perdón de mis pecados. Todo el mérito es absolutamente tuyo.   Amén.  

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