(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 18, Lucas 9:1–6)

AMORES TÓXICOS

Luego la aborreció Amnón con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo Amnón: Levántate, y vete.

—2 Samuel 13:15

Llamamos tóxico al elemento material que hace daño a los organismos vivos. Pero también usamos ese término en referencia a actitudes, ideas y emociones dañinas. Un amor toxico es un afecto parece amor pero en realidad no lo es. Una obsesión puede parecer afecto, como en el caso del texto de hoy.

Dios creó al ser humano con la capacidad de amar, especialmente a Él. Pero, por causa de la caída, el corazón del hombre se ha pervertido y, ahora, en lugar de amar a Dios lo aborrece y ama falsos dioses. Por nuestra naturaleza pecaminosa nuestros corazones albergan sentimientos de odio y también el falso amor. Amnón, un hijo del rey David, tuvo un mal afecto que él imaginó ser amor. Pero su amor es solo lascivia que lo obsesiona hasta enfermarse y a tramar satisfacer la lujuria sin importarle el daño que pueda resultar. Tras la consumación del crimen surge la raíz de su pasión: el odio. La Biblia afirma: «El amor no hace mal al prójimo» (Romanos 13:10) Por tanto, el afecto tóxico no es amor. El afecto es tóxico es señal de que no amamos a Dios (1 Juan 3:15,18) El amor verdadero ama incondicionalmente y no busca su propia ventaja: «es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad.» (1 Corintios 13:4–6)

Por causa de nuestro viejo Adán nuestro amor más sincero y puro, ya sea a Dios o al prójimo carece de la perfección que Dios demanda. Por eso somos merecedores de toda la ira de Dios. Cristo nos redimió al amar perfectamente en lugar nuestro y al pagar nuestro pecado en la cruz. En gratitud vamos a querer amar desinteresadamente a Dios y a nuestro prójimo.

Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, lleve tu amor. Donde haya ofensa, lleve tu perdón. Donde haya discordia, lleve tu paz. Donde haya duda, lleve la fe. Donde haya error, lleve la verdad. Donde haya desesperación, lleve tu consuelo. Donde haya tinieblas, lleve tu luz.

Oración:
Oh, maestro, concédeme que yo no busque tanto ser consolado, como consolar; Ser comprendido, como comprender; Ser amado, como amar. Porque, sólo por tus méritos es que: Dando, recibimos; perdonando, somos perdonados; y muriendo, somos resucitados a la Vida Eterna. Amén.
(Adaptado de «Oración sencilla», Revista «La Clochette» 1912. Autor anónimo).

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