UNA CASA QUE ES PERMANENTE

De hecho, sabemos que, si esta tienda de campaña en que vivimos se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa eterna en el cielo, no construida por manos humanas. 2 Corintios 5:1

Cuando nuestros hijos eran jóvenes, fuimos de excursión a muchos de los parques nacionales. Podíamos armar nuestra tienda de campaña para seis personas, pasar en ella la noche, y levantarla en la mañana, ojalá no bajo la lluvia. Pero siempre nos alegrábamos de volver a la casa, a nuestro hogar permanente, con sus duchas calientes y sus camas cómodas.

El apóstol compara nuestra existencia en este mundo con la vida en tiendas de campaña. El mundo en que vivimos no va a estar ahí para siempre; ni tampoco los cuerpos en los que caminamos a través de él. Son demasiadas las personas que valoran su existencia terrenal como si fuera permanente. Cavan un sótano, levantan muros de concreto, edifican la estructura más bella que les es posible, como si fuera a estar aquí para siempre. Cuando llega el momento, como siempre lo hace, para que se levanten las estacas de esta vida, se desesperan. Lo que pensaban que era permanente, era solo temporal. Y no tienen una casa a la cual ir, sino solo al infierno.

En el cielo hay una casa eterna que me está esperando. Dios mismo la ha edificado, y esa verdad hace que sea segura. Es eterna y segura por el material que usó para la edificación. La sangre de su Hijo amado, su pago perfecto de todos mis pecados y su perfecto cumplimiento de todos los mandamientos de Dios son el concreto y la madera para mi hogar eterno. Esa casa va a durar por siempre. En ella, yo voy a hallar alegrías más allá de toda medida, y placeres por siempre. Me voy a sentir infinitamente bien cuando llegue finalmente a mi hogar celestial.

Oración:

Señor, te pido que levantes mis ojos a tu cielo permanente y que me sostengas por la fe en el camino a casa. Amén.