FUIMOS REDIMIDOS

Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí.

– Isaías 44:21, Reina Valera 1960

Gael con mucha tristeza descubrió que perdió el barco de juguete que con esmerado cuidado talló en madera balsa. Dos semanas más tarde lo encontró a la venta en una tienda de artesanías. Aunque explicó al tendero que él había tallado el barco y que las iniciales grabadas en la base eran suyas, éste fue enfático al indicarle que si quería el barco debía comprarlo en el precio estipulado en la virina de exposición de la tienda. Gael trabajó mucho hasta reunir el precio. Después de pagar, contento de haber recuperado su barco, dijo: «Barquito mío, eres doblemente mío, porque yo te hice y te recuperé».

La narración del niño y el barquito usada para ilustrar la redención que efectuó Jesucristo a favor de la humanidad es muy antigua. Sin embargo, todavía es útil pues no todos conocen el significado de los términos redención, redentor y redimir. Empleamos el verbo redimir cuando hablamos de recuperar, pagando un precio, algo que inicialmente nos pertenecía. La humanidad es creación de Dios y por tanto le pertenece a él. Pero desde la Caída, los seres humanos son esclavos del pecado. Jesucristo «vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Mateo 18:11). La salvación de lo que se había perdido requería el pago de un precio. Pero además requería que quien pague el precio tenga el derecho de rescate.

El Antiguo Testamento ilustra esto con la redención de esclavos y tierras. En aquellos tiempos, una persona podía venderse a sí misma como esclavo por una buena suma de dinero con la opción de poder recuperar su libertad si un pariente suyo lo compraba. A este pariente en hebreo se le llama «go’el» que significa «redentor». El go’el no solo debía ser tan solvente como para poder pagar el precio de redención, sino que también debía tener el derecho de hacerlo (Levítico 25:23-34, 47-49; cf. Rut 4:1-15). Para rescatar a la humanidad se necesitaba alguien que pueda pagar el precio de la deuda. Puesto que la ofensa fue contra Dios, solo él podía pagar el precio (Salmos 49:7,8 cf. Hechos 20:28). Pero sólo un ser humano tenía el derecho de redimir. Dios prometió a Adán y Eva la venida del redentor en Génesis 3:15. Ese redentor, que necesariamente debía ser Dios y Hombre, es Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, nuestro Redentor.

Oración:

Señor Jesucristo, Redentor nuestro, que con tu vida justa y muerte injusta redimiste al mundo y quitaste nuestro pecado, te doy gracias por haberme abierto los oídos a tu evangelio de perdón gratuito y por regalarme tu justicia para la vida eterna. En gratitud quiero servirte anunciando tu amor. Concédeme el poder hacerlo fielmente. Amén.