SIN FE NO HAY SANTIDAD

En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios.

– Hebreos 11:6

Cuando era joven me levantaba cada día con la resolución de ser una mejor persona que ayer. Así que, después de mi diario examen de conciencia nocturno, planificaba cómo sería de bueno al día siguiente. Pensaba que así sería agradable delante de Dios. ¡Cuán errado estaba! Nuestras buenas obras nunca pueden ponernos bien con Dios ni hacernos agradables a él, pues en su presencia «todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia» (Isaías 64:6).

Dios quiere que hagamos buenas obras perfectamente. Pero por causa de nuestro viejo Adán todo lo bueno que hacemos es imperfecto y está contaminado por nuestra naturaleza pecadora. Por esto nuestras buenas obras son como trapos de inmundicia delante de Dios. Pero cuando confiamos con fe salvadora que los méritos de su Hijo son suficientes para agradar a Dios y que Cristo los hizo perfectamente en lugar de nosotros (Romanos 5:19), Dios añade a nuestras buenas obras los méritos de su Hijo y así puede recibirlas como perfectas. Esas nuestras buenas obras hechas en fe y unidas a los méritos de Cristo tienen recompensas de gracia de parte de Dios. Decimos recompensas de gracia porque no merecemos el galardón que recibiremos de Dios.

La fe que es indispensable para ser gratos ante Dios es un regalo que él nos otorga mediante los medios de gracia que es el evangelio presente en la predicación y los sacramentos del Bautismo y Santa Cena. Por esto necesitamos hacer uso frecuente de los medios de gracia para ser fortalecidos y afirmados en la verdadera fe para la vida eterna. Como cristianos agradecidos que somos a Dios, por la redención que hizo Cristo a favor nuestro al vivir en perfecta obediencia y morir pagando nuestro pecado en sustitución de nosotros, queremos alimentar nuestra fe con el evangelio usando diligentemente los medios de gracia provistos por nuestro Señor.

Oración:

Señor, confieso que he pecado pensando que puedo agradarte con mis propias obras. Te suplico que obres en mí la voluntad de usar diligentemente tus medios de gracia para así, al ser fortalecido en la fe, viva santamente en gratitud a tu amor inmerecido por mí. Amén.