JONÁS SIENTE LÁSTIMA POR UN VEGETAL

Y el Señor le dijo: «Tú sientes lástima por la enredadera, por la cual no trabajaste, y a la cual no hiciste crecer; durante una noche creció, y a la noche siguiente dejó de existir. ¿Y yo no habría de tener piedad de Nínive, esa gran ciudad con más de ciento veinte mil habitantes que no saben distinguir cuál es su mano derecha y cuál su mano izquierda, y donde hay muchos animales?»

—Jonás 4:10-11, Reina Valera Contemporánea

Dios es el protagonista del libro de Jonás. Esto es evidente, pues es Él quien envía la tormenta; el gran pez para que se tragara a Jonás y para que lo vomitara; y es Dios quien preparó una planta que diera sombra a Jonás; y mandó el gusano que secó la planta (1:4,17; 2:10; 4:6,7).

Jonás buscó un lugar con la mejor vista de Nínive con la intención de contemplar cómo Dios manifestaba su ira y la destruía con todo su poder la ciudad. Aunque el Señor pudo haber destruido a Jonás por su ira desafiante, optó por enseñarle una lección. Dios trató tiernamente a Jonás como lo había hecho con Nínive e Israel, y como lo hace con nosotros. Pero que el Señor nos trate con bondad dándonos justo lo que necesitamos no significa que seamos muy buenos siervos. El proveer una planta que dé sombra a Jonás fue un acto de misericordia de parte de Dios. También lo es hacer morir pronto esa planta y quitarle así la sombra ¿Cómo así?.

Jonás se enfadó mucho por la muerte de la planta. Dios le hace notar que su enojo es egoísta. Jonás no había plantado, cultivado, ni alimentado esa planta. Simplemente pensaba en el beneficio que él conseguía de ella. Con esta ilustración abre los ojos a Jonás para que vea que su enojo contra Nínive también es egoísta.

A veces creemos que nuestra ira es justa: «Le di su merecido porque me ofendió» encaja bien en la mayoría de nuestros actos. La Biblia nos recuerda que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios» y que «el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, […] que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad.» (Santiago 1:20; 2 Timoteo 2:24,25). Por causa de nuestra naturaleza pecadora heredada de Adán no somos mansos y compasivos perfectamente como Dios lo exige (Mateo 5:48) Por eso merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo fue perfectamente compasivo en lugar nuestro (Mateo 9:36; Marcos 1:41) y murió pagando nuestra pecaminosa ira (Mateo 5:22; Hechos 19:28). En gratitud a su amor vamos a querer ser compasivos y dejar de ser iracundos (Efesios 4:31,32).

Oración:

Señor Jesucristo, concédeme mediante el poder de tu evangelio, el ser manso y humilde para amar y bendecir a todos, aunque no lo merezcan.  Amén.  

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