(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 11, Lucas 23:33–39)

EL AMOR EN LA VIDA CRISTIANA

Le contestó Jesús:
—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él. El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías sino del Padre, que me envió.

—Juan 14:23–24

El apóstol Juan escuchó de los mismos labios de Jesucristo las palabras del texto de la meditación de hoy. Tal fue el impacto que causó en él, que en sus cartas esta palabra tiene un lugar relevante. Es más, fue él quién registró la definición del amor: «Dios es amor». Sin embargo, fue Pablo quien escribió la más excelente descripción del amor ¿Cuál es el lugar del amor en la vida cristiana? (1 Juan 4:16; 1 Corintios 13:1–10)

El Nuevo Testamento fue escrito en griego. Los griegos eran bastante específicos en el uso de las palabras. Para referirse al amor erótico usaban la palabra «éros», que no aparece ni una vez en el Nuevo Testamento; con el término «filós» se referían al afecto entrañable hacia alguien o algo, mientras que con «storgué» denotaban el afecto natural de parentesco. Pero para hablar del amor superior, que no busca su propio interés sino el del ser amado, usaron la palabra «agápē». Con esto en mente, podemos preguntar más específicamente: ¿Cuál es el lugar del amor «agápē» en la vida cristiana?

Ser cristiano no consiste en una serie de reglas que debamos cumplir, sino en amar con amor ágape: «Porque los mandamientos […] se resumen en este precepto: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» El amor no perjudica al prójimo. Así que el amor es el cumplimiento de la ley.» (Véase Romanos 13:7–10). Tampoco consiste en poseer mucho conocimiento acerca de Dios pues «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.» (1 Juan 4:8 cf. 1 Corintios 13:1,2; Santiago 2:19). El amor ágape es la evidencia de la verdadera fe cristiana. «Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.». (1 Juan 4:19–20). Tal como la falta de amor al prójimo evidencia falta de amor a Dios, también la falta de celo por la doctrina lo hace. El celo por la doctrina es esencial al amar a Dios. No hemos amado perfectamente y por eso merecemos el castigo eterno. Pero los méritos de Cristo nos dan perdón. En gratitud vamos a querer ser celosos en nuestra doctrina y práctica cristiana.

Oración:

Señor, sin tu gracia no puedo ser salvo. Pero en mi naturaleza pecaminosa no he sido celoso de la doctrina. Por el poder del evangelio que viene a mí por tu palabra y los sacramentos, concédeme amar de modo que haya en mí celo por tu palabra; fortaléceme y guárdame en la verdadera fe para la vida eterna. Amén.

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