SANTO, SANTO, SANTO

El año en que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el Templo. Por encima de él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo:

«¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!

¡Toda la tierra está llena de su gloria!».

—Isaías 6:1-3, RV1995

El profeta Isaías fue el cronista de los sucesos que ocurrieron durante el reinado de Uzías (2 Crónicas 26:22). El año que murió este rey, el profeta Isaías tuvo la visión que hoy meditamos. Isaías cuidadosamente registró esa fecha pues señala el cumplimiento de la profecía de la viña amarga, es decir, el comienzo del fin del reino de Judá antes de la deportación babilónica. El año 722 a.C. el ejército asirio destruyó el reino norteño de Israel, y arrasó la tierra de Judea, pero no pudo conquistar Jerusalén. Casi un siglo más tarde, los babilonios destruyeron el reino sureño de Judá en el año 586 a.C. Los israelitas tendrían que afrontar las consecuencias de hacer oídos sordos a las advertencias con las que Jehová les amonestó a lo largo de muchos años por medio de sus profetas.

Isaías era parte de ese pueblo rebelde y contumaz y él bien lo sabía. Al ver la visión que describe aquí se siente aterrorizado como lo estuvo Moisés en Sinaí (Hebreos 12:21) El profeta estaba totalmente consciente que sus mejores obras, delante de Dios, eran solo un trapo de inmundicia. Estaba aterrorizado porque sus ojos habían visto a Dios, y sabía que nadie puede ver a Dios y vivir (Isaías 64:6; Éxodo 33:20). Pero es Jehová mismo quien soluciona este problema cuando uno de los serafines toma del altar del Templo celestial un carbón encendido y, con este, toca la boca de Isaías. Así, borra la culpa del profeta. Ese carbón que provenía del altar, del lugar del sacrificio; significa el amor divino por el cual Isaías pudo oír su absolución: «Mira, esto ha tocado tus labios; tu maldad ha sido borrada, y tu pecado, perdonado.» Fue así que Dios santificó a Isaías, mediante la expiación y el perdón. Isaías, en el capítulo 53 de su libro, escribe elocuentemente acerca de la obra de Jesús. Como Isaías, también somos llamados a servir al Señor. Siendo indignos no merecemos tal llamado. Pero los méritos de Cristo nos permiten servir al tres veces santo. No es por causa de algún esfuerzo, mérito o deseo humano nuestro. Siempre es por gracia y no por obras.

 

Oración:

Señor, no merezco tu misericordia. Pero por tu amor misericordioso me salvaste por los meritos de Jesucristo En gratitud quiero ser como tú quieres que sea. Te suplico que en tus medios de gracia me afirmes en la verdadera fe para la vida eterna y por el poder de tu evangelio me concedas no solo obrar lo justo, sino también amar lo bueno y aborrecer lo malo. Amén.  

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