“Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza” (Salmo 51:15).

UN CORAZÓN QUE ALABA 

La culpa nos hace callar. Si está albergando pecado en el corazón, es difícil cantar con el corazón: “A Dios, el Padre celestial, Al Hijo nuestro Redentor, Y al eternal Consolador, Unidos todos alabad” (CC 104). Hasta que la culpa esté clavada en la cruz, los himnos son tristes y hasta los intentos que hacemos para orar se frustran.

David sabía el impacto que tenía su culpa: “Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba” (Salmo 32:3). El pecado había levantado una barrera entre él y Dios. El silencio de Dios se había hecho ensordecedor.

El perdón tiene un efecto opuesto. Un cambio de corazón que produce el mensaje del evangelio hace cosas asombrosas. David oró: “Dios mío, Dios de mi salvación, líbrame de derramar sangre, y mi lengua proclamará tu justicia!” (Salmo 51:14). Añadió: “Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza”. El perdón abre los labios. La gracia de Dios hace que la boca proclame alabanzas a Dios.

En el siglo antepasado, Juan Newton era un desertor de la marina involucrado en el comercio de esclavos en África y un crítico directo del cristianismo cuando Cristo lo llevó a la fe y cambió su corazón. Comenzó a predicar acerca de su libertad recién descubierta. Escribió casi trescientos himnos, uno de los cuales usamos para alabar a Dios: “Sublime gracia del Señor, que a un pecador salvó” (¡Cantad al Señor! 88:1). Cuando tenía 80 años de edad, su mala vista hizo que algunos lo animaran a dejar de predicar, a lo que respondió: “¿Qué, debe un blasfemo africano dejar de predicar mientras puede hablar?”.

Una vez que los labios se abren, las alabanzas fluyen. Cuando el Señor llamó a Isaías para ser profeta, la culpa hizo que Isaías dijera: “Soy un hombre de labios impuros” (Isaías 6:5). Pero cuando el Señor quitó los pecados de Isaías, el profeta exclamó: “Aquí estoy yo. Envíame a mí” (Isaías 6:8).

El Señor ha perdonado también sus pecados. Usted cree las palabras de la Escritura: “Esta palabra es fiel y digna de ser recibida por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15).

Cada domingo por la mañana repican las campanas en nuestra tierra. La música del órgano resuena en el aire. ¿Cómo no podemos añadir nuestro corazón y nuestra voz a esos sonidos de alabanza gozosa? ¿Dejaremos de alabarlo mientras todavía podemos hablar?

Oración:

Padre celestial, gracias por tomarme en tus brazos nuevamente y perdonar mis pecados. Tu palabra me dice que mi culpa ya no está, ¡entonces debe ser verdad! ¿Qué puedo darte por todo lo que has hecho por mí? Te daré mi alabanza y te confesaré como el Creador y el Señor de todo. Amén.