PROTEGIDO POR SUS ALAS

¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! ¡Son más dulces que la miel a mi boca! Salmo 119:103

¿Cuál es su comida favorita? La mía es pasta y carne de res. Cuando regresaba a casa después de un viaje al campo misionero, mi esposa siempre tenía mi comida favorita esperándome. ¡Y eso era muy bueno!

Dios usa la comida para nutrir mi cuerpo, reponer mis fuerzas y mantenerme saludable. Los vegetales de hoja, los ácidos grasos omega-3 que se encuentran en el pescado, y hasta el brócoli son buenos para mí; son regalos que vienen de la mano de Dios. El salmista dice que la Palabra de Dios es más dulce que la miel, la sustancia más dulce que se conocía en esa época. Yo no recorto la Biblia para llevarme a la boca cada una de sus páginas. Tampoco las cocino, no las horneo ni las pongo a freír, para luego comerlas. Saboreo la Palabra de Dios cuando la leo, cuando la escucho en la iglesia o en la casa.

Esa Palabra es siempre buena para mí. A veces, puede tener sabor amargo; la ley hace que mi alma se arrugue cuando los mandamientos de Dios me dicen cuántas veces he hecho lo que no debo hacer, y no he hecho lo que sí debo hacer. Necesito el sabor amargo de la ley porque, sin él, el dulce sabor del evangelio no tendría ningún atractivo. Cuán dulce le sabe a mi hambrienta alma el evangelio, con sus buenas noticias del pago que hizo Jesús a favor mío, cuando él sí fue perfecto y santo en lugar de mí y sufrió la cruz por mis pecados. ¿Qué puede deleitar mi alma, de la manera que lo hace el evangelio cuando me señala la cruz de mi Salvador y me mueve a arrodillarme en fe delante de ella?

La pasta y la carne de res pueden ser mis favoritas cuando se trata de mi cuerpo; pero no hay nada como la Palabra de Dios con sus noticias del perdón de Jesús, como dulce alimento para mi alma.

Oración:

Señor, te pido que me des un buen apetito por tu Palabra, para que esté saludable en mi fe en Jesús. Amén.