ARREPENTIMIENTO SINCERO 

Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis maldades. 

¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí! 

 —Salmo 51:10 

Este salmo es conocido como el salmo del penitente. Fue compuesto por el rey David cuando fue confrontado con su pecado de adulterio con Betsabé, la esposa de Urías. David no solo admite sus pecados de hecho, (el adulterio y el asesinato). También reconoce que sus pecados fueron, sobre todo, una ofensa contra el Dios santo. Su pecado evidenciaba la ingratitud de David a las muchas bendiciones y privilegios, que Dios le había concedido. David se dio cuenta que confesar su pecado, recibir el perdón y corregir su conducta eran la parte externa de un problema que era mayor en su raíz. David comprendió que él había nacido pecador y que el mal moraba dentro de él. Reconoció que no solo necesitaba perdón, también necesitaba un cambio interno.  

 Hacerle frente al pecado exige más que corregir nuestros actos y conducirnos un mejor que antes. Dios no solamente quiere un cambio de conducta que mejore de nuestros actos externos que hagamos lo bueno y dejemos de hacer lo malo. Quiere un verdadero cambio de actitud de manera que amemos lo bueno y odiemos lo malo. El Señor quiere un cambio interno, del corazón. Pero David no podía producir ese cambio de corazón por sí solo y nosotros tampoco. Ese cambio y renovación internos, de corazón, deben venir de Dios. Por eso David pide en oración esa renovación.  

 La ley moral de Dios no produce tal cambió, solo lo exige. La ley moral tiene la misión de abrir nuestros ojos a fin que podamos ser conscientes de la necesidad de cambiar. Pero solo el evangelio obra el cambio que tanto necesitamos. La ley nos angustia mostrándonos cuán malos somos. Pero el evangelio termina con esa angustia al comunicarnos la buena noticia que nos dice qué hizo Cristo para salvarnos. Esas palabras producen en nosotros la fe y la gratitud que nos mueve a querer ser como Jesucristo. 

Oración:

Señor, te doy gracias porque, siendo pecador, no merezco tu misericordia. Pero por tu amor misericordioso me salvaste por los meritos de Jesucristo quien obedeció tu voluntad perfectamente y fue a la cruz en lugar de mí. En gratitud no solo quiero hacer lo bueno y no hacer lo malo. También quiero ser como tú quieres que sea. Te suplico que en tus medios de gracia me afirmes en la verdadera fe para la vida eterna y por el poder de tu evangelio me concedas no solo obrar lo justo, sino también amar lo bueno y aborrecer lo malo. Amén. 

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