SIN GOZO, NI PAZ POR LOS SIGLOS

Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

– Mateo 25:41

Hablar del infierno no es muy popular en nuestros días. Muchos piensan que el infierno es un cuento medieval que deberíamos olvidar. Jesucristo no pensaba así. Él fue muy claro cuando trataba el asunto. En el texto de hoy Cristo nos habla del «fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».

El fuego que hoy conocemos en la naturaleza no es un fuego eterno pues se extingue apenas se agota su fuente de existencia. Pero el fuego eterno arde continua y perdurablemente. Según la Biblia, «el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los que pecan y hacen pecar. Los arrojarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes». El fuego eterno del infierno quema, pero no aniquila (Mateo 13:42). Es un tormento eterno que fue preparado para el castigo del diablo y sus ángeles pero que involucra aquellas personas que rechazaron finalmente la misericordia divina.

Dios no creó al ser humano para que sea atormentado por los siglos de los siglos. El ser humano fue creado para vivir en la presencia de Dios disfrutando todas las cosas buenas que hay en la creación. Pero por causa del pecado ya no es así. Jesucristo vino a remediar esta situación con su obediencia perfecta a la voluntad de Dios al cumplir las exigencias de la ley moral por nosotros y al entregar su vida para padecer el castigo eterno en la cruz bajo la ira del Dios Santo en lugar de nosotros. En gratitud queremos apreciar el amor divino adorándole y confesar que no iremos al infierno únicamente gracias a sus méritos.

Oración:

Padre Santo y misericordioso, confieso que soy por naturaleza pecador y que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, acciones y omisiones. He hecho lo que es malo y he fallado en hacer lo que es bueno. Por esto, por mi propia y gran culpa merezco tu castigo tanto ahora aquí en la tierra como eternamente en el fuego eterno del infierno. Pero gracias a tu Espíritu Santo estoy en verdad arrepentido de mis pecados, por lo que, confiando en mi Salvador Jesucristo, oro: Señor, ten piedad de mí, un pecador.

En esa confianza confieso, también, que tú, Dios todopoderoso, mi Padre celestial, has tenido misericordia de mí y me has dado a tu único Hijo como mi doble sustituto para obedecer perfectamente, en lugar de mí, tu voluntad que yo fallé en cumplir; y para morir sufriendo tu ira eterna en la cruz en lugar mío, y por sus méritos me perdonas todos mis pecados, me haces hijo tuyo y me concedes tu Espíritu Santo. Amén.