“En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que lo teme y hace justicia”. (Hechos 10:34,35).

JESÚS SALVÓ A TODA LA GENTE

Imagínese que usted se encuentra en una nueva ciudad y quiere adorar en una iglesia pero le dicen: “Sólo los miembros de esta congregación pueden asistir a la iglesia para adorar”. Sin embargo, Cornelio, un soldado gentil no podía adorar al Señor en el templo. En el Antiguo Testamento Dios mantuvo separados a los judíos y a los no judíos a fin de preservar la familia del Salvador. No obstante, una vez que vino Jesús, esa relación cambió. Entonces Dios quiso que toda la gente, tanto judíos como gentiles, es decir, no judíos, lo adoraran.

Es así como Dios quiso que las cosas fueran en el Nuevo Testamento. Por medio de la visita de Pedro a la casa de Cornelio, Dios enseñó a Pedro que él no tiene gente ni nación favoritas. Dios apartó a Jesús para ser el Salvador de toda la gente. Las bendiciones que Jesús ganó en su vida, su muerte y su resurrección son para todos. Todas las personas que creen en Jesús son hijos de Dios sin tener en cuenta la raza o nacionalidad. Ya no hay una diferencia entre los judíos y los gentiles. Todos somos igualmente salvados por medio de la fe en Jesucristo.

Nosotros, que por lo general no descendemos físicamente de Abraham, somos sus descendientes espirituales. Confiamos en el mismo Salvador, somos salvos por medio de la misma fe. ¡Alabe a Dios!, él “no hace acepción de personas”.

Oración:

Señor Jesús, tú eres el Salvador de toda la gente. Ayúdanos a llevar tu palabra a todos. Amén.

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