(Lectura de la Biblia en tres años: Deuteronomio 28:46–68, Lucas 4:16–21)

LA COSTUMBRE DE JESUCRISTO

[Jesús] fue a Nazaret, donde se había criado, y un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre. Se levantó para hacer la lectura, y le entregaron el libro del profeta Isaías. Al desenrollarlo, encontró el lugar donde está escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos

—Lucas 4:16–18

El evangelista Lucas nos dice que Jesucristo tenía la costumbre de congregarse los días festivos en la sinagoga de Nazaret, la ciudad donde se había criado. También nos dice que esa costumbre incluía participar activamente en la lectura de la palabra y en la predicación de la misma (v. 15). Cuando abrió el libro para leerlo no leyó un pasaje al azar. Desde remotos tiempos tanto judíos como cristianos han usado porciones selectas de las Escrituras que son leídas semanalmente de acuerdo a un arreglo que permita que durante el año se abarquen los temas principales de la palabra de Dios. Los judíos leen a lo largo del año todo el pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia) junto con porciones de los profetas. En la actualidad, las iglesias cristianas que practican la lectura pública de la Biblia usan un sistema que asigna lecturas de Mateo, un primer año; de Marcos, el segundo; y de Lucas el tercero junto con otros pasajes de la Biblia relacionados a la lectura de ese día, de manera que se leen un promedio de 40 versículos por reunión. Ciertamente esa es una muy buena costumbre cristiana. Al terminar la lectura Jesucristo les dijo a los asistentes: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes.» (Lucas 4:21). Dios quiere que le temamos y amemos de tal modo que no despreciemos su palabra ni la lectura y prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad. Por causa de nuestra naturaleza pecaminosa no lo hacemos perfectamente. Muchas veces nuestra mente divaga cuando la Biblia es leída o predicada. Solo por ese pecado somos merecedores de toda la ira de Dios. Cristo obedeció esta voluntad de Dios perfectamente en lugar nuestro, y recibió el castigo que merecemos. En gratitud vamos a querer anhelar con ansias, como un niño recién nacido anhela la leche materna, para así madurar en la fe (1 P. 2:1)

Oración:

Señor Jesucristo, aunque no merezco tu amor incondicional, tú diste tu vida perfecta para pagar por mis pecados. Con los méritos de tu obediencia perfecta y tu muerte vicaria conseguiste mi salvación. En gratitud quiero adorarte y honrarte escuchando tu palabra, aprendiéndola y poniéndola en práctica. Por tus medios de gracia, te suplico, afírmame en la verdadera fe para la vida eterna. Amén.

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