(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 19:1–22, Lucas 9:7–9)

LA GLORIA DEL SEÑOR

A los ojos de los israelitas, la gloria del SEÑOR en la cumbre del monte parecía un fuego consumidor.

—Éxodo 24:17

En muchos pasajes de la Biblia se habla de la gloria de Dios. A veces podemos tener la impresión de que se trata de un resplandor o también de su honra. Sin embargo necesitamos conocer más y preguntar ¿Qué es la gloria del SEÑOR?

Según la Biblia «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Juan 1:18, RV95). Es fácil comprender que si en el universo existen cuerpos celestes miles de veces más grandes que nuestro sol y que emiten radiación de gran magnitud que no sería letal presenciarlas de cerca, cuanto más arriesgado será ver al Creador mismo. Por esto cuando Dios se ha manifestado lo ha hecho de un modo comprensible para el ser humano. La gloria de Dios nos habla de eso. Ver la gloria de Dios es ver que Dios está presente (Éxodo 33:18–20). El texto de hoy dice que la gloria del SEÑOR «parecía un fuego consumidor». Eso fue lo que vieron Moisés y los israelitas. Esa gloria de Dios habitó en el tabernáculo del desierto acompañándolos en su viaje a la tierra prometida. Más tarde fue profetizado que la gloria de Dios habitaría en el templo reconstruido (Hageo 2:7–9). Sin embargo no se vio lo que «parecía un fuego consumidor». ¿Cómo se cumplió tal profecía? Los apóstoles que fueron testigos dijeron: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» (Juan 1:14). Sí, Jesucristo es la Gloria de Dios (Isaías 40:1–3). Aunque vino velado en naturaleza humana un día volverá y todos lo veremos tal cuál es (Apocalipsis 1:7 cf. 1 Corintios 13:12). Ver la gloria del SEÑOR puede ser la experiencia más aterradora como lo confesó Isaías: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» (Isaías 6:5) pero no tiene por qué serlo. Cristo vivió una vida perfectamente justa y agradable delante de Dios para que ése mérito sea acreditado a nuestro favor y fue a la cruz para morir pagando nuestro pecado. Quienes confiamos en esa obra redentora, en gratitud vamos a querer vivir y hacer todas las cosas solo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31)

Oración:
Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Que mis bienes dedicar yo los quiera a Ti, Señor. Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor. Que mi mente y su poder sean usados en tu honor. Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón y tu trono en él tendrás. Amén. (CC255)

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