(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 34, Mateo 11:13–19)

¡ALELUYA!

¡Todo lo que tiene aliento alabe a Jehová! ¡Aleluya!

—Salmo 150:6, Versión Moderna

Un mensaje que circula en las redes, con gran alarma dice: «Cristo viene ya, y está muy enojado con su iglesia. Por esto es necesario que ayunemos más, que oremos más, no sea que la espada de la ira de Dios caiga sobre nosotros». Palabras muy similares eran usadas por los predicadores ambulantes que fueron enviados para vender las indulgencias hace 500 años atrás. Muchas de estas advertencias concluyen amenazando que si el mensaje no es compartido muchas desgracias le vendrán a que no lo haga y también prometen bendiciones para los que sí lo reenvíen.

Satanás todavía usa sus antiguas estrategias para oprimir a la humanidad. Él aun es la misma antigua serpiente que engañó a Eva, solo que ahora está mejor vestido pues anda de dragón. Pero como Pablo dijo: «no ignoramos sus artimañas.» (2 Corintios 2:11; Apocalipsis 12:9). El diablo es el promotor de toda enseñanza que busca motivar al ser humano para que trate de ganar el favor divino mediante alguna buena acción. Por esto muchas personas imaginan que están bien con Dios ya sea por «haberse arrepentido» o por orar y ayunar o por haber dejado el mundo atrás y haber dado el primer paso de obediencia. Pero ninguna cosa que nosotros hayamos hecho, ni siquiera «el haber aceptado a Cristo» nos pone en buenas cuentas con Dios. Ninguna buena acción de parte nuestra agrada a Dios porque todo lo bueno que hacemos no cumple con la exigencia divina, pues Dios exige perfección: «Ustedes deben ser perfectos como Dios, su Padre que está en el cielo, es perfecto.» (Mateo 5:48 TLA).

Jesucristo de Nazaret es el único que obedeció a Dios perfectamente. Dios mismo, dio testimonio de ello: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Cristo vino para obedecer perfectamente los mandamientos de Dios en lugar de cada ser humano y para sufrir en la cruz la ira de Dios que nosotros merecemos. La perfecta y justa vida que Jesús vivió, es decir, su justicia, nos es atribuida gratuitamente por medio de la fe. Solo por esos méritos somos gratos delante de Dios. Dios aceptó la obra de Cristo como suficiente. Por eso, en gratitud, vamos a querer honrar a Dios, como el salmista lo hace en el texto de hoy, y uniéndonos a los coros celestiales decir:

Oración:

«¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!» Amén (Apocalipsis 5:13

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