“Verá el fruto de su propia aflicción, y se dará por satisfecho. Mi siervo justo justificará a muchos por medio de su conocimiento, y él mismo llevará las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré parte con los grandes, y él repartirá despojos con los fuertes. Porque él derramará su vida hasta la muerte y será contado entre los pecadores; llevará sobre sí mismo el pecado de muchos, y orará en favor de los pecadores” (Isaías 53:11,12)

ÉL SE ALEGRA EN SU HERENCIA

El Siervo del Señor sufrió, murió y fue sepultado. Pero allí no termina la historia. El que a sí mismo se humilló fue exaltado, como Isaías lo predijo. Cristo vio “el fruto de su propia aflicción”. Resucitó victorioso de la tumba. Él vive y es la fuente de vida para todos los pecadores.

Como el siervo victorioso, le fue dado una “parte con los grandes”. Goza de “los despojos” de la victoria. Las naciones son su herencia (Salmo 2:8). Muchos entre ellos se convertirán por el poder del Espíritu Santo. Al final de los tiempos, muchos llegarán a creer en él como su único Salvador.

Los “muchos” son su herencia debido a lo que él hizo. Derramó “su vida hasta la muerte”. ¡Lo hizo por propia voluntad! Fue “contado entre los pecadores”. Su cruz estuvo entre las cruces de dos criminales. Él llevó “sobre sí mismo el pecado de muchos, y [oró] en favor de los pecadores”. Pidió a su Padre celestial que perdonara a los que lo crucificaron.

A causa de que llevó las iniquidades de todos los pecadores, todos han sido justificados. Todos han sido declarados justos. Ahora todo el que cree en Jesús tiene el don del perdón y está en paz con Dios. Cada pecador que se arrepiente le da gran alegría a su Salvador.

Por la gracia de Dios, mediante la fe en Jesús, somos parte de su herencia. Por naturaleza, somos pecadores y lo único que merecemos es el castigo. No estamos a la altura de lo que Dios espera de nosotros en nuestra vida. Pero agradecemos al Señor por lo que ha hecho por nosotros mediante su Siervo. Ha cumplido las palabras del profeta en las cuales hemos meditado esta semana. El Siervo del Señor dio su vida por nuestros pecados; llevó nuestra culpa. Su resurrección nos asegura la victoria. En agradecimiento, ¿no llevaremos vidas piadosas y daremos a conocer a todas las naciones lo que el Señor ha hecho por ellas? Como su herencia, nosotros y todos los creyentes en Cristo nos alegraremos con él para siempre.

Oración:

Te agradecemos, Señor, por tu humillación para salvarnos de nuestros pecados y por tu exaltación para asegurarnos la victoria. Amén.

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