MÁS QUE UN ROSTRO FAMILIAR

El Señor su Dios es compasivo y misericordioso. Si ustedes se vuelven a él, jamás los abandonará. 2 Crónicas 30:9

Aterricé en el aeropuerto internacional de Yaoundé, Camerún, solo. Cuando terminé los trámites de inmigración y aduana, me aventuré a salir entre la multitud que había fuera de la terminal. ¿Dónde estaba el misionero que iba a recogerme? ¿Qué iba a hacer yo, si él no aparecía? De repente, con alivio, vi su rostro que me era familiar.

¿Qué haría yo sin el rostro familiar de Dios? Cuando los pecados se agolpan alrededor de mi alma, ¿qué pasaría si Dios me dejara ahí en medio de ese caos, como bien podría hacer? Cuando la aflicción logra pasar la baranda de inmigración de mi existencia, ¿Qué podría ocurrir si a Dios se le olvidara recogerme? Cuando el caliente hálito de la muerte sopla sobre mí, ¿qué pasaría si Dios no hubiera aparecido con su auto de aire acondicionado para llevarme al cielo? Esas no son solo hipótesis sobre “qué pasaría si…”; son sucesos muy reales y les ocurren a los incrédulos que no ven el rostro familiar de Dios.

En la cruz del Calvario, Dios volvió su rostro a mí. Es un rostro maravilloso, un rostro de tierna misericordia y de divina compasión. En su Hijo, Dios me muestra lo mucho que me ama; no solo desde la distancia, sino aquí, en mi mundo, bajo mis pecados, en mi cruz. Dios me muestra en su Hijo lo que me ofrece su amor: perdón de todos los pecados, ayuda en cada problema, el cielo como mi hogar. Siempre que, en verdadero arrepentimiento, lo busque en las páginas de su Palabra, voy a hallar con alegría y alivio su rostro familiar.

Oración:

Señor, te doy gracias porque volviste tu rostro a mí en el Calvario. ¿Qué haría yo sin tu amor? Te pido que me ayudes a ver tu rostro cada vez con mayor claridad, fijando mis ojos con más firmeza en tu Palabra. Amén.