(Lectura de la Biblia en tres años: Levítico 10, Mateo 27:38–45)

SUBE ACÁ

No te des importancia en presencia del rey,
ni reclames un lugar entre los magnates;
vale más que el rey te diga: «Sube acá»,
y no que te humille ante gente importante.

—Proverbios 25:6–7

¿Sabe usted qué es un aparapita? Aparapita es el hombre que se gana su pago cargando sobre su espalda objetos pesados que sujeta a su cuerpo con la ayuda de una cuerda o cordel. Por esa razón mayormente es conocido como mozo de cordel o mozo de cuerda. Cuando yo era niño era usual que los adultos nos pregunten «¿Qué quieres ser de grande?» La respuesta más común era: «Seré presidente del país» Imagínense mi sorpresa cuando, siendo ya un adulto, hice esa pregunta a un niño de familia adinerada y él me respondió: «Quiero ser aparapita»

No soñamos con desempeñar trabajos humildes. Por tendencia natural aspiramos a lo mejor pues consideramos que eso nos traerá muchos beneficios. El texto de hoy fue escrito por el rey Salomón. El contexto es el de un banquete real en el que los invitados se sientan de acuerdo a su categoría social. El Señor Jesús usó la misma ilustración cuando asistió a un banquete y observó «cómo los invitados escogían los lugares de honor en la mesa» (Lucas 14:7–11). Allí Jesús instruyó a sus discípulos diciendo: «no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya algún invitado más distinguido que tú. […] Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» Escrito está: «Alábete el extraño y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos.» (Proverbios 27:2, RV95) El orgullo no tiene lugar en la vida de un hijo de Dios. Hacerse uno mismo propaganda de las propias cualidades, logros o dones sea jactándose o presumiéndolo con gestos, conducta o atavío un es pecado que la Biblia condena y por el que merecemos toda la ira de Dios (1 Samuel 2:3; 1 Pedro 3:3). Ninguno de nosotros es perfectamente humilde como lo demanda el Señor (Mateo 5:48) Por eso vino Jesucristo, para ser humilde en lugar nuestro y sufrir el castigo por nuestra altivez. En gratitud y motivados por el amor y la humildad del Salvador Jesucristo, vamos a querer buscar la verdadera humildad.

Oración:

Señor, solo tú eres digno de toda gloria y honor. Te ruego me afirmes en la verdadera fe con el poder de tu evangelio de modo que de mi corazón hagas brotar el fruto de arrepentimiento: ese amor humilde que no busca su propia gloria sino la tuya, ese amor que no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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