“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

SOMOS HIJOS DE DIOS, QUE AGUARDAMOS LA ALEGRÍA CELESTIAL 

¿Cómo será el cielo? Por lo que la Escritura nos dice, el cielo es un lugar de alegría y felicidad perfectas. Sin embargo, resulta interesante fijarnos en que la Escritura con frecuencia habla del cielo en términos de lo que no habrá allí. Esto es porque somos seres humanos pecadores que vivimos en un mundo malvado. No hemos experimentado la alegría ni la felicidad perfecta y no podemos imaginarnos cómo será. La Escritura habla en términos de pecado, con todos sus pesares ausentes del cielo. Esto nos da una imagen de lo que será nuestra existencia en el cielo.

Juan recibió una revelación del nuevo cielo y de la nueva tierra. Describió el cielo como un lugar donde todo el pecado es eliminado. La muerte, el luto, el lloro y el dolor serán cosas del pasado. Los creyentes vivirán eternamente en presencia de su amado Salvador. Juan dijo de aquellos que están en el cielo: “Están delante del trono de Dios, y le rinden culto en su templo de día y de noche; y el que está sentado en el trono los protege con su presencia. No volverán a tener hambre ni sed, ni les hará daño el sol ni el calor los molestará, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los llevará a fuentes de agua de vida, y Dios mismo secará de sus ojos toda lágrima” (Apocalipsis 7:15-17).

En el cielo seremos confirmados en santidad y librados de la corrupción del pecado, a fin de que podamos servir a nuestro Señor para siempre en justicia. Tendremos el mismo cuerpo, pero será glorificado, modelado como el cuerpo resucitado y glorioso de Jesús.

¡Qué gloria nos espera! ¡Qué alegría tendremos! No obstante, esta gloria también nos sirve ahora. En esta vida nuestros ojos frecuentemente están empañados de lágrimas. Debido a que vivimos en un mundo corrompido por el pecado, experimentamos dolor y penas. Cuando nos sentimos abrumados por los problemas de esta vida, debemos recordar las palabras de Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios… Pero… cuando él se manifieste, seremos semejantes a él”. Tenemos una alegría que vale la pena vivir. Tenemos la esperanza que disipa el temor de morir. ¡Bendito el Dios de nuestra salvación por la esperanza que nos ha dado!

Oración:

Mi dulce patria amada, mi gozo tú serás. Morada deseada, descanso me darás. ¡Oh tú, que ahora gimes y en polvo siempre vas: Las glorias más sublimes con Cristo gozarás. Amén. (CC 346:3)