UN SELLO DIVINO DE APROBACIÓN

“También se oyó una voz del cielo que decía: ‘Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo.’ ” (Marcos 1:11)

Antes de comprar las luces de Navidad para exteriores, busqué en ellas la pequeña etiqueta que decía: “Sello de aprobación de UL” (una empresa de certificación y seguridad). Y, aun así, algunas de ellas duraron solo una temporada. La aprobación humana, después de pruebas supuestamente rigurosas, en realidad no significa mucho.

Cuando Jesús comenzó el ministerio público con su bautismo, le fue puesto un sello de aprobación. El Padre dijo, “Mi Hijo,” “verdadero Dios conmigo y con el Espíritu desde toda la eternidad”. “Amado,” agregó el Padre. El amor humano palidece hasta la insignificancia ante el amor que el Padre celestial tiene por su Hijo. “Estoy muy complacido contigo,” afirmó el Padre. “Esta es mi misión en la que mi Hijo se está embarcando,” dijo. Ya desde la eternidad había sido establecido el plan para salvar a los pecadores, dispuesto con firmeza por el inmenso amor de Dios. Ahora, Jesús había venido para llevar a cabo ese plan. Tres años más tarde, iba a terminar esa obra con su muerte.

Los que solo ven a un hombre en la cruz pierden por completo el significado. Ese es el Hijo de Dios que murió por los pecadores. En él, y solo en él, puso el Padre su sello de aprobación. Sólo por él y en él, pueden buscar los pecadores la seguridad de la salvación.

Oración:

Señor, cuando yo dude, recuérdame que tú enviaste a tu Hijo para morir por mí. Dame la seguridad de que su divina sangre ha cubierto todos mis pecados. Amén.