POR LA BOCA MUERE EL PEZ Y EL HOMBRE POR SUS PALABRAS

Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo.

– Romanos 10:8-9

El conocido refrán «Por la boca muere el pez» ha sido usado muchas veces para señalar un hecho que Jesucristo ya lo había enseñado hace dos mil años: «de lo que abunda en el corazón habla la boca». Tarde o temprano lo que hay en nuestro corazón saldrá por nuestras palabras. ¿Qué hay en nuestro corazón? Como descendientes de Adán hemos heredado su naturaleza pecaminosa. Adán dudó de la Palabra de Dios, por eso nosotros nacemos con dudas respecto a Dios. Nuestro corazón es incrédulo y engañoso. Respecto al corazón del hombre Dios dice: «Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?» (Jeremías 17:9); «¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del Señor!» (Jeremías 17:5). Sí, nuestro corazón es engañoso y nos pone el grave peligro de negar al Señor cuando menos lo esperemos como le pasó a Pedro. Jesucristo dijo que si le negamos él nos negará, y si le confesamos él nos confesará delante de los ángeles de Dios. ¿Cómo podemos hacerlo?

Negar al Señor es un pecado. Muchas veces hemos caído en este pecado y, por eso, merecemos toda la ira de Dios. Quizás no hemos negado a Cristo con nuestras palabras, pero nuestros hechos hablan por sí solos: No hemos amado a Dios perfectamente con toda nuestra mente, con toda nuestra alma ni con todas nuestras fuerzas. Gracias a Cristo que él sí lo hizo, perfectamente, en lugar de nosotros. Jesús descendió a la tierra para vivir la vida perfecta que nosotros pecadores no podíamos vivir: él guardó la Ley por nosotros. No solo vivió una vida perfecta para obtener la justicia que nosotros pecadores necesitamos, también él sufrió la muerte que merecemos por nuestras múltiples transgresiones y, con su propia sangre, pagó por el incumplimiento de la Ley del que somos culpables. Esta verdad predicada es el evangelio y tiene el poder de producir fe. El evangelio penetra al corazón creando en éste la fe. Una fe viva y verdadera se evidencia en la confesión oral del creyente. La confesión de fe es el resultado de llenar el corazón con el evangelio. Pero la fe produce otras evidencias junto con la confesión de fe. Estos frutos de la fe se manifiestan en la vida del creyente haciendo que él quiera vivir una vida en la que Jesucristo es el Señor. Cuando Jesucristo es el Señor de una persona, eso se nota en muchos aspectos, como lo son sus palabras, su devoción a Dios, su dedicación al estudio de la Biblia, su deseo de compartir las buenas noticias con otros, etcétera. Un creyente gustosamente querrá hacer todas esas cosas en gratitud al amor de Dios.

Oración:

Señor, aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. Amén.