LIMPIEZA MATUTINA

Entonces grité: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» En ese momento voló hacia mí uno de los serafines. Traía en la mano una brasa que, con unas tenazas, había tomado del altar. Con ella me tocó los labios y me dijo: «Mira, esto ha tocado tus labios; tu maldad ha sido borrada, y tu pecado, perdonado.»

– Isaías 6:5-7

Uno de los hábitos saludables de la civilización es la limpieza. Se atribuye al imperio romano el haber introducido en Europa el aprecio por el orden y la limpieza y de promoverlo al construir acueductos y baños públicos gratuitos. Cada mañana aseamos nuestros cuerpos de manera que estén presentables y limpios para iniciar la jornada. ¿Hacemos lo mismo con nuestras almas?

Aunque la limpieza física es importante, necesitamos ser conscientes que la limpieza espiritual no solo tiene mayor importancia, sino que es indispensable. Por tal razón el creyente procederá a limpiar su espíritu temprano en el día todos los días. Puesto que nuestras buenas obras no nos limpian, también es necesario estar conscientes no solo de nuestra necesidad de limpieza sino también de cuál es la manera en la que somos limpiados.

El pasaje de hoy nos describe la experiencia del profeta Isaías cuando, en una visión profética, tuvo un encuentro con Dios. Todo verdadero encuentro con Dios revela nuestra condición pecaminosa. Dios es santo y ante él se hace evidente que somos pecadores. Eso le sucedió al profeta Isaías y nos sucede a nosotros cuando el Espíritu Santo hace en nosotros su «extraña obra» cada vez que somos confrontados con la ley de Dios como espejo y como martillo. La ley como espejo nos muestra específicamente nuestro pecado. Esa misma ley, también nos muestra que somos merecedores de toda la ira de Dios. Cuando Isaías lo entendió así exclamó «¡Ay de mí, que estoy perdido!». También nosotros diremos lo mismo si tuvimos un encuentro con Dios. Pero el encuentro no termina aquí. Isaías es limpiado con una brasa del altar. También nosotros somos limpiados así. Cristo ganó, con sus méritos, nuestro perdón en el altar de la cruz. Nos hace llegar ese perdón en la brasa encendida del evangelio que está en los medios de gracia.

Oración:

Señor, confieso que aunque soy cristiano todavía cometo pecados que me hacen merecedor de toda tu ira. Te suplico, por los méritos de tu Hijo, aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. Amén.